Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Parolin en Madrid: la cultura del encuentro para ir mas allá de la emergencia

El Cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin inaugura el II Encuentro Internacional de católicos con responsabilidades políticas, que se está celebrando en Madrid este fin de semana. Recordando el reto de la pandemia, el cardenal ha pedido que las decisiones se orienten al bien común y miren siempre a la persona.

Está claro que la pandemia, «los contagios, las víctimas, los tratamientos y las vacunas no son problemas locales», sino que conciernen «al mundo entero y a las relaciones entre los pueblos». Por tanto, la acción diplomática es «necesaria para pedir a las instituciones locales o a los parlamentos y gobiernos nacionales que establezcan estrategias y protocolos comunes, y para motivar la creación de acuerdos entre Estados». Así lo ha manifestado el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, al inaugurar hoy, sábado 4 de septiembre, los trabajos del II Encuentro Internacional de Católicos con Responsabilidades Políticas, que se celebra en Madrid, del viernes 3 al domingo 5.

Promovido por la archidiócesis de la capital española y la Academia Latinoamericana de Líderes Católicos, con la colaboración de la Fundación Konrad Adenauer, el evento fue una oportunidad para reflexionar sobre el tema «Una cultura del encuentro en la vida política al servicio de nuestros pueblos».

El cardenal Parolin señaló en su discurso -dedicado específicamente a la «Cultura del encuentro y la amistad social en un mundo en crisis»- que la situación actual ofrece la oportunidad de reflexionar sobre cómo podemos trabajar para contribuir a la construcción del bien común. Un objetivo, pero quizás sería mejor decir «un deber para quienes tienen responsabilidades, que ciertamente no es nuevo» y que hoy se sintetiza en la necesidad de «salir de una crisis profunda y difícil de interpretar, que requiere sobre todo el fortalecimiento de los equilibrios sociales, de las economías, de la estructura de los países y de la capacidad de los gobiernos». El cardenal subrayó la necesidad de «una dimensión antropológica bien fundada en la acción política y en la acción de los políticos, que ponga a la persona en el centro, una idea exacta de la justicia que se reconozca como reguladora social», y una estrategia coherente de acción que, «desde la comunidad política local o nacional, sea capaz de actuar hasta la dimensión internacional». Esto significa considerar «la cultura del encuentro y la amistad social en su verdadero sentido y acción, no como meras declaraciones, sino como principios fundamentales, criterios orientadores e instrumentos de acción». Esta combinación, dijo el Secretario de Estado, permite al político basar su servicio «no en la oposición, sino orientarse hacia el bien común y utilizar el método del diálogo, el encuentro y la reconciliación».

No hay que olvidar, añadió el cardenal, que «en la vida de un país, en las relaciones interpersonales que se desarrollan en su seno, esta configuración puede convertirse en una reacción incontrolada cuando las visiones de conjunto y los objetivos comunes se ven fragmentados por actitudes y acciones sin justicia». La cuestión, por tanto, es cómo prevenir los conflictos a todos los niveles, «oposiciones continuas, relaciones cada vez más débiles, hasta realidades extremas como la pobreza, la guerra, la violación de los derechos fundamentales, la exclusión y la marginación».

En los últimos tiempos, estas situaciones «han alterado significativamente la vida social, hasta el punto de relativizar o incluso eliminar principios, normas y estructuras que constituyen puntos de referencia para la gobernanza y el funcionamiento de nuestros Estados, además de influir en la actuación de la propia comunidad internacional». Ante estas dinámicas, que «condicionan los proyectos y las respuestas a la crisis», conviene «promover la convivencia ordenada entre los seres humanos, para que nadie quede solo o abandonado». Aunque, admitió Parolin, esta búsqueda no está exenta de dificultades, «dado el surgimiento de continuas tensiones o intentos de dividir el tejido social en función de su patrimonio, sus posibilidades o su utilidad».

Ciertamente, señaló el cardenal, «al observar la dimensión global o, más técnicamente, interdependiente que caracteriza a la vida contemporánea», queda claro hasta qué punto «implica una pluralidad de participantes cuya imagen abigarrada ya no se limita a las configuraciones tradicionales», sino que concierne a todos. Por ello, el político debe saber «orientar su atención hacia las llamadas decisiones globales que, ante la crisis actual, se presentan como un medio para garantizar la estabilidad del orden social», aunque «la voluntad y el comportamiento de los individuos o de los grupos tiendan a menudo a limitar su alcance».

Las respuestas a la crisis, en otras palabras, «se configuran a una escala más amplia y con una visión a medio y largo plazo, y no se reducen a decisiones dictadas por la necesidad o impuestas por mecanismos cuya validez y efectos se basan en la resolución de emergencias y no en la continuidad». Si las medidas adoptadas o los programas elaborados por los gobiernos y los legisladores no son «el resultado de una política buena, eficaz y compartida, siguen siendo parciales o en gran medida exclusivos». No se trata simplemente de «reorientar los recursos de gasto hacia programas de desarrollo» que, de forma orgánica y continua, «puedan garantizar la plena realización de las personas y los pueblos, su crecimiento y el cumplimiento de las aspiraciones que surgen de su dignidad y forman parte de su identidad». La lucha contra la pobreza, «la superación de las pandemias, la construcción de instituciones dinámicas son retos que no necesitan respuestas, sino que hay que gobernar, porque afectan a la familia humana en su conjunto y a su futuro».

Esto requiere que el ejercicio de la autoridad «no coincida con una visión personal, partidista o nacional», sino «con un sistema organizado de personas e ideas compartidas y posibles», capaz de «asegurar el bien común global, la erradicación del hambre y la miseria, y la defensa cierta de los derechos humanos elementales», en una dimensión que trasciende las fronteras, «no sólo del territorio sino sobre todo del corazón».

Quienes se enfrentan a diario con la vida de las sociedades y con «el funcionamiento de las instituciones y los conflictos sociales», y por tanto están llamados «a responder a retos cada vez más variados y complejos», deben ser conscientes de que «la amistad social y la cultura del encuentro pueden construir un camino capaz de superar la concepción funcional» que actualmente parece «animar todos los aspectos de la realidad social, con seres humanos tratados a menudo como objetos». Al mismo tiempo, la amistad y el encuentro son «un estilo de gobierno, una llamada a la responsabilidad en los distintos niveles y funciones de gobierno». Un «itinerario interesante y factible, que pide al cristiano que se enfrente constantemente a su conciencia y no sólo a sus capacidades».

En esencia, precisamente en esta fase histórica que busca exorcizar «el dolor, la incertidumbre, el miedo y la conciencia de los propios límites que ha despertado la pandemia», ha llegado el momento de «repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia».

Osservatore Romano
Imagen: Discurso del cardenal Parolin en Madrid

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