Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Opinión: «De los escombros de Mosul a los de Ucrania, una voz de paz y esperanza»

El Papa Francisco entra en el décimo año de su pontificado. La actualidad de las palabras pronunciadas hace un año en Iraq.

Francisco entra en el décimo año de su pontificado y es un aniversario dramáticamente marcado por el horror de la guerra en el corazón de Europa. Es impresionante volver a escuchar hoy algunas de las palabras que el Papa pronunció hace un año, durante el viaje apostólico más importante y valiente de su pontificado, el de Iraq. Un viaje que había deseado intensamente, a pesar de los riesgos y de las numerosas opiniones contrarias motivadas por la enorme dificultad para garantizar la seguridad, especialmente para las personas que participarían en las celebraciones y en los encuentros.

En marzo de 2021, Francisco quiso hacer esa peregrinación, que quedó entre los sueños no realizados de San Juan Pablo II, para mostrar su cercanía a todas las víctimas del fundamentalismo, para alentar el difícil camino de reconstrucción del país, para tender la mano a los muchos musulmanes pacíficos que quieren vivir en paz con los cristianos y con los miembros de otras religiones.

Culmen de ese viaje fue la visita del Obispo de Roma entre los escombros de Mosul. Francisco dijo: «Hoy, todos alzamos nuestra voz en oración a Dios Todopoderoso por todas las víctimas de la guerra y de los conflictos armados. Aquí, en Mosul, las trágicas consecuencias de la guerra y las hostilidades son demasiado evidentes. ¡Qué cruel es que este país, cuna de la civilización, haya sido azotado por una tempestad tan inhumana, con antiguos lugares de culto destruidos y miles y miles de personas -musulmanes, cristianos, los yazidíes, que han sido cruelmente aniquilados por el terrorismo, y otros- desplazados por la fuerza o asesinados!».

Un año después, una vez más, las trágicas consecuencias de la sucia guerra en Ucrania, hipócritamente definida «operación militar especial», están ante los ojos del mundo, con su carga de dolor, de sufrimiento, de cuerpos inocentes destrozados, de niños asesinados, de familias divididas, de millones de refugiados obligados a dejarlo todo para huir de las bombas, de ciudades convertidas en campos de batalla, de casas destruidas y quemadas. Por no hablar de las heridas en los corazones, que necesitarán años en curarse. Esta vez es una guerra cercana. No es lejana como la guerra de Iraq, que con profética lucidez el Papa Wojtyla suplicó – desoído – y que no se llevara a cabo, y que convirtió la tierra de Abraham en la sentina de todos los terrorismos. La guerra, «aventura sin retorno».

Esta vez, el odio y la violencia no pueden amantar de teorías sobre el «choque de civilizaciones», ni tienen que ver con ficticios motivos religiosos. Esta vez en ambos bandos hay hombres y mujeres que comparten la misma fe cristiana y el mismo bautismo. Ante los estragos causados por la agresión del ejército ruso en Ucrania, y la escalada bélica que ha desencadenado, con el riesgo de arrastrar al mundo a un conflicto nuclear, no es fácil encontrar signos de esperanza. Sin embargo, al igual que hace un año el Papa Francisco reafirmó en Mosul la «convicción de que la fraternidad es más fuerte que el fratricidio, que la esperanza es más fuerte que la muerte, que la paz es más fuerte que la guerra», también hoy, a pesar de todo, es posible esperar.

Implorando a Dios el don de la paz, sin dejar jamás de buscarla y perseguirla, sin dejar nada por hacer para conseguir el alto el fuego y el inicio de verdaderas negociaciones. Porque si se quiere la paz, hay que preparar la paz, no la guerra. Hay que tener el valor y la creatividad de experimentar caminos nuevos para construir una convivencia entre las naciones que no se base en equilibrios de poder y en la disuasión. Hoy es posible tener esperanza mirando la gran ola de solidaridad que en pocos días se ha generado desde abajo y la generosidad de países como Polonia, que han abierto sus puertas a millones de refugiados.

Hace un año, en el encuentro interreligioso de la Llanura de Ur, Francisco dijo: «¿Dónde puede comenzar el camino de la paz? En la renuncia a tener enemigos. Quien tiene la valentía de mirar a las estrellas, quien cree en Dios, no tiene enemigos que combatir. Sólo tiene un enemigo que afrontar, que está llamando a la puerta del corazón para entrar: es la enemistad. Mientras algunos buscan más tener enemigos que ser amigos, mientras tantos buscan el propio beneficio en detrimento de los demás, el que mira las estrellas de las promesas, el que sigue los caminos de Dios no puede estar en contra de nadie, sino en favor de todos. No puede justificar ninguna forma de imposición, opresión o prevaricación, no puede actuar de manera agresiva».

El camino hacia la paz comienza con el desarme de los corazones, ha enseñado el Papa en estos nueve años de pontificado. Llamarse cristiano significa pertenecer a un Dios hecho Hombre que en la cruz se dejó matar por amor y con su elección de sesr víctima indefensa, desde hace dos mil años nos pide que estemos del lado de los oprimidos, de los agredidos, de los vencidos, de los últimos, de los descartados. Nos pide que sembremos la paz y nunca odio, guerra, violencia.

ANDREA TORNIELLI
Imagen: Viaje apostólico del Papa en Iraq,
oración por las víctimas de la guerra de Mosul

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