Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Los primeros adoradores

Adorazione del Bambino, en la Galería de los Uffizi en Florencia, es una obra perfecta para abordar el tema de la contemplación. Narra una adoración en la que todos los personajes miran al Niño durante un tiempo, en silencio.

26 de diciembre 2021.- Durante estas fechas se nos permite a los cristianos admirar el arte desde un punto de vista mucho más sentimental y menos intelectual. El nacimiento de Jesús en Belén es el inicio oficial de la historia de la salvación y, por tanto, uno de los temas más importantes representados en el arte sacro. En mi opinión, es la escena más contemplativa de la vida de Jesús. Bien es cierto que la crucifixión es la más inquietante e introspectiva, pero la escena de la Natividad es pura contemplación. De hecho, eso mismo es lo que narra: una adoración en la que todos los personajes miran al Niño atentamente durante un largo tiempo en silencio.

La obra de Gerrit van Honthorst, Adorazione del Bambino (1619-1660), de la Galería de los Uffizi en Florencia, es perfecta para abordar este tema de la contemplación. Gracias al evidente estilo caravaggesco de la obra, podemos analizarla en el perfecto clima y ambiente que ofrece la iluminación de la escena a través del claroscuro barroco. En la absoluta oscuridad de aquella noche nace la Luz del mundo, representada literalmente con una luz que emana del propio Niño y acrecentada cuando la Virgen lo destapa de sus sábanas blanquísimas, que colaboran en el destello. El artista trata la luz de una manera magistral, dando el efecto de luz incandescente, pero no cegadora. El Niño ilumina las caras de quienes se acercan, pero no hace daño a los ojos, como si se mirase directamente a una linterna. La sensación se parece a la de descansar la mirada en una hoguera. La luz aporta calor y hace del pesebre un lugar acogedor. El Niño invita a acercarse a Él con esa luz cálida y amable. La penumbra del fondo junto con el impacto de esta luminaria suave, pero intensa, genera una antítesis de lo acogedor y lo sobrecogedor. El artista holandés era experto en representar la noche, hasta el punto de que se le apodó Gherardo delle notti (Gerardo de la noche).

Esta tremenda iluminación y ambiente se combinan con la emoción de los gestos en los personajes. Dos líneas armonizadas que favorecen una sublime contemplación profunda y conmovedora. Cada figura encierra un particular contenido en su rostro. En primer lugar, los ángeles observan al Niño con alegría liberada a través de sus espontáneas sonrisas en sus facciones infantiles. Bien conscientes del suceso, sus manos están en posición orante, juntas o cruzadas en el pecho. Con esas expresiones tan naturales y sus inclinaciones atrevidas hacia el Niño, muestran cierto entusiasmo mezclado con sobresalto. Personalmente, imagino leer en sus mentes un «en verdad esto ha sucedido». Esta vulnerabilidad se aprecia en el detalle del ángel de primer plano, con vestido ocre. Se atisba en su mirada un ojo vidrioso, a punto de derramar la primera lágrima. Toda una mezcla de felicidad, gozo y conmoción desenvuelta. Imagino que estos mismos ángeles serán los portadores del mensaje a los pastores en vigilia, que, como relata Lucas en su Evangelio, aclamaban en coro: «Gloria a Dios en las alturas», pero no sin antes disfrutar de su rato de adoración junto al Niño.

Algo diferente es la actitud de san José. Gracias a la tenue luz que le llega por su ubicación, en un lejano tercer plano, se observa la misma emoción pero de una manera más contenida y discreta: los ojos y la sonrisa reflejan afecto y ternura, pero también cansancio por lo que le tocó afrontar aquel día. Entrañable es la mejor palabra para definir su mueca. La cara de la Virgen, sin embargo, es muy diferente a las anteriores. La impresión de María predomina y protagoniza la escena. Su actitud no es ni de conmoción ni de alegría desatada o fascinación, sino de calma, serenidad y paz. Estas virtudes dibujadas en su rostro confirman a María como un personaje superior a todos los demás. Es una faz que refleja el alma de aquella mujer elegida por Dios para corredimir a la humanidad.

María presenta la actitud propia de una persona plenamente consciente, llena del don de la sabiduría y de gracia para entender el hecho. Está viendo cumplida la voluntad de Dios: ha empezado la historia de la salvación, una idea ya profundamente arraigada y madurada en su corazón. Una actitud que, también, hace las veces de expresión de ternura de una madre que mira a su bebé recién nacido, en la lectura más humana posible.

Ana Robledano (Alfa y Omega)
(Foto: Galería de los Uffizi)

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