Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Homilía del sábado 25.12.2021. Solemnidad de la Natividad del Señor: “Como nos habla Dios”

PRIMERA LECTURA
Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios
Lectura del libro de Isaías 52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 97,1.2-3ab.3cd-4.5-6
R/. Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R/.

SEGUNDA LECTURA
Dios nos ha hablado por el Hijo
Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»?
Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

EVANGELIO
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros
Lectura del santo evangelio según san Juan 1. 1-18

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra habla vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

«COMO NOS HABLA DIOS»

Posiblemente todos los creyentes nos hemos preguntado alguna vez, por qué Dios no se manifiesta de una vez por todas y nos habla con total claridad, con evidencia, con poder, de modo que nadie pueda resistirse a su presencia y todos queden finalmente convencidos de su existencia.

Pues bien, la segunda lectura de hoy, día de Navidad, viene a ser como una respuesta clara a esa pregunta (que tiene dejes de reproche y de exigencia). Dios nos ha hablado muchas veces, de muchas maneras, de todas las formas posibles. Y, finalmente, de una vez por todas, nos ha hablado por medio de su Hijo. Ese “en distintas ocasiones” y “de mucha maneras” significa que Dios nos ha avisado, llamado, sugerido, que ha llamado nuestra atención, para que pudiéramos escuchar bien lo que, de una vez por todas, nos quería decir. De hecho, cuando queremos decir algo importante, primero tratamos de llamar la atención de nuestro interlocutor, para que nuestras palabras no caigan en saco roto.

Cuando en la carta a los Hebreos se dice “en esta etapa final”, podemos entender que se trata de ese mensaje dicho “de una vez por todas”, con voluntad de decir las cosas sin que quepa la duda, con evidencia, de manera convincente y definitiva. De hecho, es Él mismo en persona quien ha venido a decírnoslo. Dios mismo en la Persona del Hijo es la Palabra que ha venido a visitarnos, que ha puesto su tienda entre nosotros, que ha asumido nuestra carne, “traduciendo” a lenguaje humano el mensaje del Dios eterno.

Y, ¿qué ha venido a decirnos? La mención al Hijo, por el que nos ha hablado, no es en absoluto ociosa. Jesús, nacido en Belén, es el mensaje y el mensajero. Si es el Hijo viene a decirnos que Él es el Hijo amado del Padre y que nosotros también podemos ser hijos de Dios. En una palabra, viene a decirnos que Dios nos ama, que nos ama incondicionalmente, y que quiere incluirnos dentro de sus relaciones familiares.

Puede ser que esta forma de hablarnos Dios “finalmente” no nos parezca tan convincente, pues es así que muchos la rechazan, la ignoran, la desconocen, incluso la desprecian. Pero si pensamos así es que no hemos entendido del todo (ni en parte) el mensaje. Porque lo que le estamos pidiendo (medio reprochándole, medio exigiéndole) es que se imponga con fuerza y con poder, y doblegue así a los rebeldes y refractarios.

Pero, ¿puede el Amor imponerse por la fuerza? Por la fuerza pueden imponerse unas ideas, una ideología, incluso, hasta cierto punto, una moral. Se puede obligar a la gente a que piensen de determinada manera, o que se abstengan de pensar de otra, o a que se comporten de cierto modo.

Pero Dios no ha venido a hablarnos de esas cosas. No ha venido a convencernos de ciertas ideas o teorías verdaderas, no ha venido a decirnos cómo tenemos que comportarnos (y, claro, cómo no debemos comportarnos). No ha venido a someternos, obligarnos, prohibirnos, castigarnos, amenazarnos o asustarnos. Si fuera así, entonces sí que podría hablar de manera que debiéramos someternos a su poder, por las buenas o por las malas. Pero el poder de Dios no es igual que el poder humano, el poder carnal, el poder que tantas veces se manifiesta en su capacidad opresiva o destructiva.

Dios ha venido sólo a decirnos: “te quiero”, “os quiero”, “con amor eterno te he amado” (Jr 31, 3). Ha venido a dar, a darse, a sanar, invitar, a iniciar una amistad. Se trata de un poder positivo, que no hace ruido, que se hace cercano, accesible. Habla claro, pero desde el respeto de nuestra libertad. Por eso, podemos rechazarlo, desoírlo, despreciarlo, como tantas veces sucede: “vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”. Pero podemos también aceptarlo, acogerlo, hacerlo nuestro. Y entonces nos hacemos partícipes de ese poder benéfico, constructivo, el poder del amor: nos da el poder de ser hijos de Dios.

Es importante entender bien lo que se dijo antes acerca de las ideas y del comportamiento moral. No se debe entender en el sentido de que el amor sea una realidad irracional, carente de lógica, ni tampoco que sea por completo indiferente a nuestro modo de actuar. Pero Dios no trata de inducirnos ideas, o de imponernos normas como condiciones de su Amor. No nos dice: pensad así o asá, haced esto o lo otro, absteneos de eso y lo de más allá, y os daré como premio mi amor. Dios nos ama sin condiciones, nos ama hasta el extremo, y nos dice y comunica ese Amor antes de que podamos hacer nada para merecerlo. Y lo dice y lo hace por medio de su Hijo, que es el Logos (razón y palabra) de Dios. El amor tiene su lógica, que no es la lógica formal, ni la lógica del dinero, ni la lógica del poder. Es la lógica de la entrega incondicional, de la generosidad, del perdón, de la confianza, de la fidelidad. Es una lógica infinitamente más poderosa que todas las otras lógicas que funcionan en el mundo, porque fue por ella por la que se hicieron todas las cosas, por la que todas ellas permanecen en el ser, por la que este mundo nuestro, pese a las lógicas destructivas que la atraviesan cada día, no se hunde definitivamente en la nada. Es la lógica que da vida, e ilumina el caminar de los hombres, a pesar de que la lógica de los poderes de este mundo difunden la oscuridad y siembran la muerte.

La lógica del amor es la propia de la relación, y, por eso, quien acoge el amor incondicional de Dios se conforma a la mente de Dios (cf. 1 Cor 2, 16), y al unirse a Cristo tratar de actuar y vivir como vivió Él (cf. 1 Jn 2, 6). Los que reciben el poder de ser hijos de Dios se convierten en mensajeros que anuncian la paz, que traen la Buena Nueva, que testimonian a Cristo. No son ellos mismos la luz, pero como el profeta Juan, son enviados por Dios a sus hermanos para dar testimonio de la luz, para decir a todos que también ellos son amados por Dios, para que vengan a la fe en Aquel que ha puesto su tienda entre nosotros.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf
Sacerdote y filósofo

HOMILÍA DEL VIERNES 24.12.2021, SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR. MISA DE LA VIGILIA: «EL CENTRO DEL MUNDO»

PRIMERA LECTURA
Un hijo se nos ha dado
Lectura del libro de Isaías 9,1-3.5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.” Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 95, 1-2a. 2b-3. 11-12. 13
R/. Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre. R/.

Proclamad día tras día su victoria.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R/.

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. R/.

Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R/.

SEGUNDA LECTURA
Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2,11-14

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

EVANGELIO
Hoy nos ha nacido un Salvador
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.”

«EL CENTRO DEL MUNDO«

¿Dónde está el centro del mundo? Muy posiblemente, cuando vemos o escuchamos las noticias, o simplemente pensamos en los acontecimientos de nuestro mundo, nos embarga la sensación de que nos encontramos muy lejos de ese centro, de los lugares importantes en los que se decide el curso de la historia. En esos centros (Washington o Nueva York, Moscú, tal vez Madrid, o, a escala menor, la capital de provincia) viven gentes importantes, las que tienen el poder, las que salen en las noticias y deciden el rumbo de la historia, el destino del mundo y de la gente. Nosotros, en cambio, nos sentimos en la periferia, en lugares marginales, porque nosotros mismos somos, en cierto sentido, personas insignificantes (nada va a cambiar con o sin nosotros), o, al menos, escasamente significativas. Poco importa que vivamos geográficamente en alguno de esos centros. Pertenecemos a esa masa de personas que participan de las grandes decisiones de los poderosos sólo como sujetos pasivos, a veces, incluso, como víctimas, que sufren las consecuencias de aquellas decisiones.

Pero hoy hemos escuchado otras “noticias”, y hemos podido descubrir otro punto de vista. La mirada de Dios se ha dirigido desde uno de esos grandes centros, el más importante en la antigüedad, Roma, a algunos de los innumerables lugares periféricos en los que habitan personas anónimas, insignificantes, las que no deciden, pero padecen las decisiones de los importantes. Al desplazarse de eso modo, Dios nos ha querido decir que la verdadera historia, la que realmente importa, discurre por cauces muy distintos de los que deciden los poderosos desde sus centros de poder.

El evangelista Lucas ha partido de Roma, sin nombrarla, y ha mencionado que Augusto, el primer César que se declaró a sí mismo dios, tomó una decisión (hacer el censo del mundo entero), dirigida posiblemente a medir y afirmar su propio poder, sin reparar en los trastornos y sufrimientos que había de acarrear a muchísimos, especialmente a los más pobres. Pero esa orden “al mundo entero” da ocasión para que Lucas nos haga caer en la cuenta de que la mirada de Dios está pendiente de otros lugares, de otras gentes. Precisamente de lugares periféricos, desconocidos, como Nazaret y Belén; de personas insignificantes a los ojos de este mundo, como José y María. Y es ahí donde descubrimos una centralidad para la que los poderes de este mundo son ciegos. Ahí se están fraguando las decisiones de Dios. Mientras que las del César y de los poderosos de este mundo de todos los tiempos son decisiones que con suma frecuencia provocan sufrimiento, oprimen a muchos, son injustas o violentas, sirven a intereses no siempre limpios, estas otras, las que proceden de Dios, aunque mucho menos ruidosas, generan vida, alegría, traen salvación y justificación.

María y José deben someterse a los mandatos del César y, pese a su difícil situación (María esta embarazada), deben ponerse en camino. Es claro que son pobres entre los pobres, pues si hubieran tenido dinero en cantidad, habrían encontrado lugar en la posada. Pero es en esas personas pobres, marginales, víctimas de los poderes de este mundo, y no en el César Augusto, en las que se está decidiendo el destino de la humanidad. En ellos está el centro del mundo a los ojos de Dios, y ellos son para Él los verdaderamente importantes y significativos.

María y José caminan por la oscuridad del mundo, pero no se pierden, han visto una gran luz y la llevan consigo.

Y ellos se convierten en signo de esperanza para todos los pobres y marginales de este mundo, para los que no cuentan, para los que sufren las consecuencias de las decisiones de los poderosos, para todas las víctimas de la historia.

También encarnan esa pobreza y marginalidad los pastores. Viven al raso, a la intemperie, fuera de la ciudad. Y su marginalidad se refuerza por la mala fama que tenían en aquel tiempo. Pero están despiertos, en vela, y, por eso, son capaces de ver a Ángeles que les anuncian buenas noticias.

El centro del mundo está allí donde los cielos se abren y se comunica una gran alegría, el cumplimiento de las promesas, el nacimiento del Salvador del mundo. Y lo notable es que estos pastores creen en el signo de todas esas grandes y transcendentales noticias: simplemente un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Los acontecimientos grandes y decisivos se deciden con frecuencia en los pequeños detalles, y pueden captarlos sólo aquellos que tienen la capacidad de ver lo grande en lo pequeño, de creer que la vida y la salvación florecen en la marginalidad, que es centralidad a los ojos de Dios.

Nosotros, hoy, seguimos caminando en la oscuridad. Y es así porque “no había para ellos sitio en la posada”, es decir, porque no se acoge el mensaje de amor y salvación que Dios nos dirige en los pequeños signos (el niño en pañales, el agua del bautismo, el pan y el vino de la Eucaristía, la palabra escuchada y acogida…), porque muchos ni siquiera saben aún que en Belén ha nacido el salvador.

Pero si nosotros nos consideramos del grupo de los pastores que creen en los signos que nos envía Dios, y hemos venido a adorar al Niño, entonces podemos y debemos convertirnos además en ángeles que anuncian a todos una gran alegría; podemos y debemos realizar signos (las obras del amor) que hacen visible la gracia de Dios; podemos y debemos ser luminarias, reflejos de esa gran luz que ilumina la oscuridad, para que muchos, que continúan caminando en tinieblas, vean la estrella que les dirige a Jesús, nacido en Belén, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf
Sacerdote y filósofo

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