Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Homilía del 6 de enero 2022, Epifanía del Señor: Caminarán los pueblos a tu luz»

PRIMERA LECTURA
«La gloria del Señor amanece sobre ti»
Lectura del profeta Isaías 60, 1-6

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

Salmo 71 R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra

SEGUNDA LECTURA
«Ahora ha sido revelado que también los gentiles

son coherederos de la promesa»
Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3, 2-6

Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

EVANGELIO
«Venimos de Oriente a adorar al Rey»
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2,1-12

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.”» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

CAMINARÁN LOIS PUEBLOS A TU LUZ

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9, 2) escuchamos en la Misa de la Vigilia de la Navidad. Esa luz, «el Sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78), es Jesucristo, nacido en Belén de Judá. Ha venido a iluminar la oscuridad, que, a causa del pecado, envuelve nuestro mundo y nuestra historia. Es verdad que ha nacido en Belén de Judá, pero, como sucede con la luz del sol, no puede convertirse en una propiedad privada, exclusiva de un pueblo, de un grupo o de una iglesia. La luz no se puede ocultar, no se debe negar a nadie.

La fiesta de hoy, la Epifanía, esto es, la manifestación del Señor, es esencial para comprender el significado universal del nacimiento de Cristo.

Tiene sentido, sin embargo, la concreción de su nacimiento en Israel, en Belén, de la estirpe de Judá, de la dinastía de David, en un determinado pueblo, perteneciendo a una raza y cultura concretas y que habla una determinada lengua. Toda esta concreción nos habla de su realidad personal: Cristo no es una “idea”, un sistema moral, una visión del mundo más o menos coherente… No es un “Cristo cósmico”, abstracto, simbólico, que se puede multiplicar en distintos personajes históricos. Es Jesús, el hijo de María, una persona única con toda la concreción y limitación de la existencia personal, y que, gracias a la encarnación, se ha hecho cercano, visible, accesible.

Pero este «en» no debe hacernos perder de vista el «para» quien ha nacido Jesús: para todo el mundo. En Dios no hay propios (por ejemplo, los judíos, o los cristianos, o los católicos) y extraños (como los gentiles, o los paganos, o los no creyentes). Si todos nos hacemos extraños a Dios por el pecado, Dios nos trata a todos como propios por la encarnación y el nacimiento de su Hijo Jesucristo.

Los magos de oriente representan hoy esa universalidad del significado del nacimiento de Cristo Jesús. Representan a todos esos que no son miembros del pueblo elegido, pero que, de un modo u otro, buscan al Cristo que ha nacido para todos, para la salvación de todos, que es el Sol que nace de lo alto, la Palabra y luz verdadera que, al venir al mundo, ilumina a todo hombre (cf. Jn 1, 9).

¿Cómo pueden buscarlo, si no disponen de la luz y caminan en tinieblas? Lo buscan por medio de pequeñas luminarias, estrellas, que reflejan la luz procedente de Dios. Existen, de hecho, esas estrellas que nos orientan hacia Dios: la bondad natural, que brilla más o menos débilmente en la conciencia de todo ser humano, la belleza, en la naturaleza y el arte, el conocimiento, como esforzada búsqueda de la verdad… Existen múltiples valores que son como estrellas que indican que existe la fuente de la luz (Dios) y acercan a ella por distintos caminos. Todos los seres humanos, todos los pueblos, épocas y culturas tienen sus estrellas. Pero para llegar a la plenitud de la luz necesitan, además, el empujón de la gracia, la ayuda de la Revelación que Dios hace de sí mismo por medio del pueblo elegido: gracias a él, a la Revelación que Dios nos transmite por medio de él, el objeto de esa búsqueda adquiere un rostro y un nombre concreto: es Jesús, nacido en Belén de Judá de una virgen, llamada María.

Para poder celebrar hasta el final la Navidad tenemos que hacernos conscientes de esta universalidad del nacimiento de Cristo. No podemos tratarlo como una propiedad privada, por ejemplo, como una mera tradición, propia de ciertos pueblos y culturas. Los que pretenden suprimir los símbolos navideños «para no ofender a los creyentes de otras religiones y culturas» es evidente que se han puesto a sí mismos fuera del significado de lo que celebramos: no se dan cuenta de que no se puede ocultar la luz, ni hacer del sol una propiedad privada. Y, cuando celebramos con plena consciencia el nacimiento de Cristo, no sólo no pretendemos ofender a nadie (no creyentes o creyentes de otras religiones), sino que, al contrario, les decimos que apreciamos y acogemos sus estrellas, y que queremos hacerles partícipes de la luz plena que resplandece en Jesucristo.

Y es que, hoy, ese pueblo elegido, depositario de la Revelación, somos nosotros, los cristianos. No por tener la luz de la fe en Cristo negamos el valor de las estrellas (la bondad, la belleza, la verdad) de los que no comparten nuestra fe, sino que les avisamos de que la luz de las mismas tiene su origen en el Niño nacido en Belén.

El Evangelio de Mateo contiene a este respecto una grave advertencia para el pueblo elegido (para nosotros, por tanto). La reacción de Herodes (y con él, de todo Jerusalén) es de sobresalto, de celos, de temor a perder poder y privilegios. Los depositarios de la Revelación pueden (podemos) resultar infieles a ella: pueden (podemos) tratar de ocultar la luz, de cerrarse a ella, de acallar la Palabra, incluso, como Herodes con los santos Inocentes, de eliminarla con violencia.

Jesús mismo nos advierte del absurdo de esta cerrazón, recordándonos la universalidad del amor de Dios, y del amor que tienen que practicar los hijos de Dios, «que hace salir el sol sobre buenos y malos y envía la lluvia sobre justos y pecadores» (Mt 5, 45). Somos depositarios y administradores de esta fe para trasmitirla, anunciarla, testimoniarla al mundo entero: «tus hijos llegan de lejos», profetiza Isaías; «también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio», nos avisa Pablo. Para celebrar de verdad y hasta el final la Navidad, tenemos que abrir nuestros corazones al mundo entero, a aquellos que nos parecen extraños, incluso enemigos, pero que tienen estrellas que apuntan al Cristo, que nosotros tenemos que mostrarles con nuestras palabras y obras, para que puedan acercarse al Niño y ofrecerle sus dones: el oro de la confesión de que este niño es realmente el descendiente de David, el Rey de Israel; el incienso de la adoración, que reconoce en el hijo de María al Hijo de Dios, en el que habita la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9); y la mirra, que nos recuerda que su trono será la cruz, y que expresa la voluntad de consolar y atender al Cristo que sigue sufriendo en sus pequeños hermanos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf
Sacerdote y filósofo

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *