Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Homilía del 2.1.2021. Domingo 2º después de Navidad (A): «La sabiduría del amor»

SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 1, 1-18
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

LA SABIDURÍA DEL AMOR

Leemos por tercera vez en una semana el Prólogo del Evangelio de San Juan. ¿Qué sentido tiene este volver una y otra vez a este texto? Volvemos una y otra vez a la contemplación del misterio. ¿Por qué? Si sentimos la necesidad de mirar una y otra vez una misma cosa esto puede ser un gesto de incredulidad: nos parece increíble que este niño nacido en un pesebre sea el Hijo de Dios, el que existe desde antes de los siglos, el Verbo poderoso por el que todo ha sido hecho y sin el que no se hizo nada de lo que se ha hecho. Esta incredulidad puede expresar una resistencia interna a la aceptación del misterio, es decir, una falta de fe. Es lo que significa ese “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.

Nos puede parecer que esto último no va con nosotros. Son otros lo que no lo reciben. Nosotros sí, nosotros creemos que el niño recostado en el pesebre es el Hijo de Dios. Pero no debemos precipitarnos. Es verdad que creemos en él, pero también puede ser que no lo hayamos aceptado del todo, que en ciertos aspectos lo estemos rechazando. Esto puede suceder de diversas formas. Así, si la Palabra que escuchamos y contemplamos no se convierte en criterio de nuestra vida, de nuestro comportamiento, si no es la guía de nuestras decisiones. O si decimos creer, pero no acudimos (como los pastores) a adorarlo (o lo hacemos sólo de ciento en viento): no lo recibimos en los sacramentos, en la Eucaristía, en la reconciliación, en la lectura y escucha asidua de la Palabra. O, si lo reconocemos en la humanidad de Jesús, en su presencia sacramental, pero no en esa otra presencia real que son “sus pequeños hermanos”, que sufren hambre, sed, frío, enfermedad, soledad, y no somos capaces de atenderlo. También, si tenemos respecto de ciertas personas concretas o de ciertos grupos humanos prejuicios que nos llevan a excluirlos, a no perdonarlos, a mantener actitudes de odio, de rechazo o de indiferencia… En todos estos casos, nosotros, creyentes, podemos estar rechazando a Cristo. Por eso nos hace falta volver una y otra vez al portal de Belén, para purificar nuestra fe, para que esta fe sea viva, operante, y nos lleve al arrepentimiento, a la generosidad, al perdón, al amor, que es la sustancia de Dios.

Ahora bien, la incredulidad puede ser también (y lo será sin duda) una especie de ceguera producida por el exceso de luz, que nos obliga a restregarnos los ojos para ver y convencernos de lo que nos parece increíble por admirable, por demasiado bueno. También esto nos lleva a volver una y otra vez al portal, a la lectura y relectura de este Prólogo del Evangelio de Juan.

Este retornar a la contemplación del misterio, sea como purificación de nuestra falta de fe, sea por la admiración que este fe nos produce, es la fuente de la luz y de la vida, es el modo (el único modo) que tenemos de adquirir la sabiduría de la que nos habla la primera lectura, y también la carta de Pablo a los Efesios. La sabiduría de Dios que “se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloria delante de sus Potestades” es esa misma Palabra, por la que todo se hizo, y que Dios nos ha enviado (“habita en Jacob, sea Israel tu heredad”), que se ha hecho carne y ha puesto su tienda entre nosotros.

Hacernos sabios de esta sabiduría que no se adquiere en los libros, sino en el contacto vivo con la Palabra encarnada, exige constancia, perseverancia, paciencia. Por eso volvemos una y otra vez a ella. Así lo hacemos en estos días en que releemos varias veces este Evangelio, pero también a lo largo del año litúrgico, cuando celebramos cada domingo (cada día) la Eucaristía, y cada año volvemos a meditar y contemplar los misterios del nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección del Señor; o, en el rezo del breviario (oración oficial de la Iglesia), en que ésta ora cíclicamente con los mismos salmos. Pero no se trata de un “eterno retorno”, como el de los ciclos naturales, sino que es símbolo y expresión de esa perseverancia que nos permite profundizar en la comprensión de misterio, o, por mejor decir, permitimos que la sabiduría de Dios penetre siempre más y más en nosotros.

Se trata de una sabiduría no meramente teórica, sino de un saber vital, por experiencia propia, de un “saborear”, que ilumina nuestros ojos (los ojos de la fe) para que podamos comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que nos da en herencia a nosotros, que, siendo pecadores, sin embargo, por su gracia, somos también santos e irreprochables ante él por el amor.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf
Sacerdote y filósofo

Homilía del 1.1.2021.
Solemnidad de Santa María Madre de Dios:
«Que el Señor te bendiga,
te proteja y te conceda la paz»

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Números 6,22-27

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

Salmo Sal 66
R/. El Señor tenga piedad y nos bendiga

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4,4-7

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

QUE EL SEÑOR TE BENDIGA,
TE PROTEJA Y TE CONCEDA LA PAZ

En estos días, antes y después del primer día del año todos intercambiamos buenos deseos. ¿Qué nos deseamos realmente? Salud, bienestar, éxito profesional… Los cristianos, tal vez, deberíamos cambiar todos esos buenos deseos por el de la bendición del Señor, o, al menos, sin renunciar a ellos, hacer de esta bendición el deseo fundamental: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” ¿Qué más y mejor se puede desear?

La condición principal para expresar este deseo es creer que Dios es la fuente de toda bendición: que Dios dice nuestro nombre y lo dice para nuestro bien. Si esta fe, el tiempo que discurre y nos arrastra se reduce al ciclo natural del eterno retorno, y los buenos deseos quedarán en eso, meros deseos, deseos hueros, sin verdadero fundamento, pues los males del año viejo, de todos los años, se repetirán con algunas pequeñas variaciones en este año que acabamos de estrenar.

Pero si creemos en Dios, en el Dios de Jesucristo, estamos de enhorabuena, porque esos buenos deseos ya se han cumplido en buena medida: nuestro tiempo es un tiempo de plenitud, estamos en la plenitud de los tiempos, y Dios ya se ha fijado en nosotros, nos ha mostrado su rostro, su rostro humano en el de Jesús, y su rostro paterno en ese Jesús, nacido de una mujer (María), que es, además, el Hijo de Dios, y quiere incluirnos en su filiación divina, de modo que podemos clamar, como Jesús, al dirigirnos a Dios, Abba, Padre.

Así que somos depositarios de esa bendición del Antiguo testamento que se ha realizado en el Nuevo. No tenemos más que ir corriendo a recogerla, como los pastores, a reconocer en el niño nacido en Belén al portador de la bendición de Dios, y que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que el Señor ama”. Acudir al portal a contemplar al Niño significa en nuestra vida cotidiana, dejar a un lado nuestras ocupaciones cotidianas, nuestros particulares rebaños, para dedicarnos por un tiempo a la contemplación, la escucha de la Palabra, la adoración en silencio.

Es verdad que, pese a esta bendición, sentimos muchas de las estrecheces y problemas, que el año viejo le pasa al nuevo. Dios ha venido a visitarnos, a mostrarnos su rostro, y camina con nosotros, pero no por ello todo en el mundo ha cambiado como por arte de magia. Y es que Dios no cambia las cosas a la fuerza, sin contar con nosotros, pues de este modo no haría sino prolongar los males que nos afligen, que son en gran medida consecuencia de imposiciones y decisiones que no cuentan con los demás. Dios, más bien, ha venido a proponernos cambios que sólo son posibles desde nuestra aceptación libre. Y es que, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura, si la bendición del Señor consiste en liberarnos de la condición de esclavos (del destino, del pecado), para hacernos hijos en el Hijo, significa que somos libres, pero libres con esa suprema libertad que consiste en disponer de sí mismo para ponerse al servicio de los demás. No en vano la Iglesia consagra este primer día del año a María, Madre de Dios, que lo fue porque se hizo libremente servidora del proyecto salvador de Dios. Acogiendo libremente la propuesta de Dios, también nosotros nos convertimos en activos protagonistas de este proyecto: si acogiendo a Jesús, el Hijo de Dio y el hijo de María, nos convertimos en hijos, significa que nos hacemos también hermanos entre nosotros, miembros de una misma familia. Y, de esta manera, ponemos la base de la paz verdadera. Hoy, que la Iglesia dedica también a orar por la paz, comprendemos que la paz no es sólo un piadoso deseo, sino una tarea que tenemos que esforzarnos en establecer, por ejemplo, en nuestro entorno inmediato.

No es una tarea fácil, sino que está erizada de dificultades. Por eso, parte esencial de la bendición que nos deseamos en este día es la confianza, la paciencia, la capacidad de esperar. María, de nuevo, nos sirve de modelo: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Y es que no todo está claro desde el principio. Esta bendición se derrama y abre paso en medio de las oscuridades (las maldiciones, podríamos decir) de nuestro atormentado mundo.

Pero este “conservar todas estas cosas en el corazón” no implica una actitud pasiva, sino que es el comienzo de una participación activa en la bendición recibida: si hemos sido bendecidos por la filiación divina en Cristo, que nos hace hijos de Dios y hermanos entre nosotros, hemos recibido también la responsabilidad de comportarnos como hijos de Dios Padre, como hermanos de Cristo y, en él, de todos nuestros semejantes. Eso es testimoniar, de nuevo como los pastores, con palabras y con obras, lo que hemos visto y oído. De esa forma, no estaremos sólo expresando buenos deseos a los demás (el deseo de una bendición) sino que nos convertiremos en portadores y transmisores de esa bendición, colaborando a que los buenos deseos que expresamos se hagan realidad.

Y es importante, por fin, que este testimonio no sea el de un genérico y anónimo altruismo. Es importante que, como al niño a los ocho días de su nacimiento, le pongamos nombre a esta bendición que hemos recibido y que queremos testimoniar a los transmitir a los demás: Dios nos ha bendecido en Jesús, el hijo de María, nacido en Belén, en quien Dios “nos ha bendecido con toda clase de Bienes, espirituales, en el cielo y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia por el amor” (Ef 1, 3-4)

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf
Sacerdote y filósofo

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