Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Homilía del 10.4.2022. Domingo de Ramos: «Las tinieblas y las luz»

SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 22,14-23,56
He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer

Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él y les dijo:
+ «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios».
C. Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo:
+ «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios».
C. Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo:
+ «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía».

C. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo:
+ «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».
+ «Pero mirad: la mano del que me entrega está conmigo, en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!».
C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros sobre quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.
C. Se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. Pero él les dijo:
+ «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve. Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».

+ «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos».
C. Él le dijo:
S. «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte».
C. Pero él le dijo:
+ «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocerme».
C. Y les dijo:
+ «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». C. Dijeron:
S. «Nada».
C. Jesús añadió:
+ «Pero ahora, el que tenga bolsa, que la lleve consigo, y lo mismo la alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: “Fue contado entre los pecadores”, pues lo que se refiere a mí toca a su fin».
C. Ellos dijeron:
S. «Señor, aquí hay dos espadas».
C. Él les dijo:
+ «Basta».
C. Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:
+ «Orad, para no caer en tentación».
C. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo:
+ «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
C. Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo:
+ «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación».
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció una turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo:
+ «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
C. Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron:
S «Señor, ¿herimos con la espada?».
C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo:
+ «Dejadlo, basta».
C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: + «¿Habéis salido con espadas y palos como en busca de un bandido? Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas». C. Después de prenderlo, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro estaba sentado entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:
S. «También este estaba con él».
C. Pero él lo negó diciendo:

S. «No lo conozco, mujer».
C. Poco después, lo vio otro y le dijo:
S. «Tú también eres uno de ellos».
C. Pero Pedro replicó:
S. «Hombre, no lo soy».
C. Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo:
S. «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo».
C. Pedro dijo:
S. «Hombre, no sé de qué me hablas».
C. Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. C. Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban diciendo:
S. «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?».
C. E, insultándolo, proferían contra él otras muchas cosas.
C. Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín, y le dijeron:
S. «Si tú eres el Mesías, dínoslo».
C. Él les dijo:
+ «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder. Pero, desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios».
C. Dijeron todos:
S. «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?».
C. Él les dijo:
+ «Vosotros lo decís, yo lo soy».
C. Ellos dijeron:
S. «Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».
C. Y levantándose toda la asamblea, lo llevaron a presencia de Pilato. C. Y se pusieron a acusarlo diciendo:
S. «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey».

C. Pilato le preguntó:
S. «Eres tú el rey de los judíos?».
C. Él le responde:
+ «Tú lo dices».
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
S. «No encuentro ninguna culpa en este hombre».
C. Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo:
S. «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí».
C. Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió.
C. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre sí.
C. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo:

S. «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».
C. Ellos vociferaron en masa:
S. «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás».
C. Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando:
S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Por tercera vez les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».
C. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.
C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
+ «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?».

C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.
C. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía:
+ «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
C. Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte.
C. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo:
S. «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
C. Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
S. «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
C. Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
S. «No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
C. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:

S. «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
C. Y decía:
S. «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
C. Jesús le dijo:
+ «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
C. Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: + «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».
C. Y, dicho esto, expiró.

C. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo:
S. «Realmente, este hombre era justo».
C. Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.
C. Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.

LAS TINIEBLAS Y LA LUZ

En el pórtico de la Semana Santa la liturgia pone ante nuestros ojos dos cuadros contrapuestos, casi contradictorios. Por un lado la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que da nombre a la solemnidad de hoy, “domingo de Ramos”; por el otro, la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Lo hace para recordarnos que el triunfo de Jesús no es un triunfo según los criterios humanos. Al contrario, se trata del ingreso triunfal que precede a lo que, según esos criterios, es una completa derrota. ¿Se trató, tal vez, sólo de un hermoso sueño, otro más, roto por la crueldad de la historia? La liturgia nos está diciendo también que esta muerte ignominiosa es el preludio de una victoria que supera toda medida. Por eso, tiene sentido la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, en la que es aclamado y confesado por sus discípulos como el verdadero Rey de los tiempos mesiánicos, el Mesías enviado por Dios, al tiempo que, a la luz de la lectura de la Pasión, nos revela, anticipándose al Viernes de Pasión, el sentido del mesianismo y la realeza de Cristo: cómo nos salva Dios, cuál es el trono del Rey que viene en su nombre.

La lectura dramatizada de la Pasión (este año, ciclo C, según san Lucas) nos ayuda a descubrir el sentido de los acontecimientos que vamos a contemplar. Por más que muchos de los discípulos que acompañaban a Jesús a Jerusalén, si no todos, esperaban otro desenlace de esa entrada, lo que sucedió después estaba anticipado por los textos proféticos. ¿Cómo decir al abatido una palabra de aliento, si no es participando realmente de ese abatimiento? Si Jesús hubiera triunfado humanamente, se hubiera convertido en un líder más de esos que prometen el paraíso en la tierra a los pobres y marginados, a los enfermos y a los que sufren, pero que no conocen en primera persona esas situaciones, sino que, en nombre de su importante misión, viven alejados de ellas y, de paso, se dan buena vida… No, Jesús es un Rey y Mesías que toma sobre sí el abatimiento y el sufrimiento humano, y se hace compañero de camino de todos los que sufren (y ¿quién no sufre de un modo u otro?), para hacerles sentir la ayuda de Dios, para hacerles saber que no quedarán defraudados. También Pablo nos ayuda a entender esta derrota que se convierte en victoria: Jesús es el Cristo que ha renunciado voluntariamente a su gloria para compartir en todo nuestra condición. Así, aquello que Adán (el hombre) quiso arrebatarle a Dios para ocupar su puesto, a eso ha renunciado Cristo para traérselo y compartirlo con el hombre. Sólo a la luz de esta extrema libertad y generosidad podemos entender lo que a los ojos humanos es una tragedia, sólo así podemos no sólo contemplar, sino también entrar y participar en la Pasión de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Cada uno debe hacer suyo este camino lleno de sugerencias y matices. En lo que sigue, sin pretender ser exhaustivos, nos limitamos a hacer algunos subrayados.

Institución de la Eucaristía. – Lucas abre el relato de la Pasión con la institución de la Eucaristía. Es una llamada a tomar conciencia de lo que significa participar en el sacramento eucarístico. No es “cumplir un rito litúrgico”, “ir a misa” o como se quiera llamar. Es entrar en comunión vital con la Pasión de Cristo, recibir sus frutos para poder nosotros entregarnos como Él lo hizo por nosotros. Esto nos pide abandonar los intereses bastardos, la elección abierta del mal en beneficio propio (como Judas), pero también la elección del bien por mero interés subjetivo (como los otros discípulos, que discuten sobre quién es el primero). Un modo bien concreto y realista de participar en la Pasión de Cristo es vivir en actitud de servicio: como Cristo, hacerse libremente esclavo de los demás.

El papel de Pedro. – En medio de las frecuentes polémicas a favor y en contra del papa de turno, este es un aspecto de gran actualidad. Pedro aparece dos veces en este relato de la pasión, durante la última cena y durante el proceso de Jesús. Destaca la debilidad del hombre encargado por Cristo para sostener a sus hermanos. ¿Cómo puede sostenerlos quien, lleno de temor, ha negado al Maestro? Vemos aquí el gran misterio del Dios que se fía de los hombres, que no pierde en ellos la esperanza, que pone en sus débiles manos el destino de la gran obra de la salvación. Si Dios se fía así de nosotros, ¿no habremos nosotros de fiarnos de Dios? ¿No tendremos que fiarnos de aquellos a los que Dios ha confiado el ministerio de pastorear? No es una confianza ciega, sino iluminada por esa oración de Jesús por el débil Pedro para que su fe (la de todos nosotros) no se apague. Las lágrimas amargas de arrepentimiento y el hecho de que Pedro realmente acabó dando su vida en testimonio de la fe nos hablan de la eficacia de la oración de Cristo, de la fuerza de su mirada.

La oración en Getsemaní. – Jesús, hombre de oración, ora también en el momento supremo de la prueba. Y nos da una gran lección sobre cómo hemos de orar cuando la desgracia acecha. Podemos y debemos orar para que Dios nos libre de la enfermedad y de la muerte, y de todo mal. Pero, como Jesús antes de la Pasión, nuestra oración debe estar informada de la entrega confiada a la voluntad de Dios: “Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Aparentemente, Dios no escuchó la oración de Jesús, al que no se le ahorró el amargo cáliz de la muerte. Pero, nuestra fe nos dice que Dios nos escucha siempre, que ninguna oración cae en saco roto, aunque a veces no lo parezca. En realidad, su respuesta supera toda medida, toda esperanza humana. En el caso de Jesús, la respuesta del Padre está en la Resurrección. A nosotros nos corresponde vivir en vela, orar continuamente para no caer en tentación.

Vencer el mal con el bien. – Aunque Jesús nos avisa de que hemos de prepararnos para afrontar luchas y contradicciones, nos exhorta también a armarnos sólo con las armas de la justicia y del bien. En el momento del prendimiento, “la hora del poder de las tinieblas” (expresada en el cinismo del beso de Judas), Jesús prohíbe la violencia e, incluso, hace el bien a quienes le prenden, curando al que fue herido a espada. Jesús tiene el poder de curar a aquellos que han sido heridos por el miedo, la ira, la debilidad o el pecado de sus propios discípulos. De ahí la gran importancia para nosotros de no defender a Jesús “por nuestra cuenta”, con un celo mal entendido, precisamente cayendo en la tentación (del poder o la violencia), sino de reproducir en nosotros los mismos sentimientos de Cristo (Flp 2, 5).

El testimonio de la verdad en medio de la humillación. – El proceso de Jesús es una sucesión de humillaciones, mentiras, componendas y cesiones cobardes. En este cuadro descubrimos descarnadamente la burla ante lo más sagrado. Algo que se repite a diario en el mundo de múltiples formas: el hombre se atreve a encararse con Dios, a desafiarlo, a reírse de Él: de su autoridad profética, de su poder para realizar milagros como signos de salvación, de su carácter regio. Cuántas veces Dios es escarnecido, desafiado, negado directamente, sea porque se hace de la religión objeto de burla; sea porque hombres pretendidamente religiosos presentan una imagen monstruosa de un dios cruel enemigo de los hombres; sea porque, se atenta impunemente contra el gran sacramento de Dios en la tierra que es su imagen viva, la dignidad de cada ser humano. En este contexto de humillación destaca precisamente la dignidad de este hombre, perfecta imagen de Dios (cf. Col 1, 15), que confiesa sin componendas ni compromisos la verdad peligrosa que sabe que le atraerá la condena: testimonia su filiación divina ante los sumos sacerdotes, su realeza ante Pilato, calla cuando la cerrazón a la verdad es completa, como en Herodes, por fin, encarna la verdad que testimonia en la palabra de perdón incluso para sus verdugos, disculpando su ignorancia y alimentando así la esperanza de salvación más allá de lo imaginable y de la estricta justicia. Sólo mirando a Cristo descubrimos el auténtico rostro de Dios, y la verdad del hombre como imagen suya.

Lámparas que iluminan la oscuridad. – En medio de la hora del poder de las tinieblas es Jesús la luz que ilumina en la oscuridad, como ya se nos anunció en la noche de Navidad (cf. Is 9, 2). Pero junto a Él descubrimos muchos otros puntos de luz, lámparas que nos ayudan a hacer este camino, esta vía dolorosa que conduce al Calvario: Simón de Cirene, que hace verdad física la llamada de Jesús de tomar la cruz para seguirle; las santas mujeres de Jerusalén, que lloran con compasión por el leño verde arrancado de raíz; el buen ladrón, que nos dice que hasta el último momento hay esperanza de conversión, para estar “hoy” con Cristo en su reino; el centurión romano, pagano y el primero en confesar a este extraño Dios y Mesías crucificado; también la muchedumbre que, nos dice Lucas, si fue a ver un espectáculo, se volvió dándose golpes de pecho, un detalle que nos dice que la fe no es cosa de un selecto grupo de elegidos; José de Arimatea, que al pedir el cuerpo de un condenado a la cruz está también confesando su fe en este hombre derrotado y muerto; por fin, las mujeres que lo acompañaron desde Galilea, cuya fe y esperanza atraviesa el muro de la muerte, la gran piedra del sepulcro, y quieren velar junto a él.

Todo esto nos habla de que en este mundo nuestro terrible y lleno de sufrimiento, hay también mucho bien, muchas lámparas que se alimentan del fuego y la luz de Cristo. Todo el relato de la Pasión nos está hoy llamando a nosotros a vencer nuestros miedos y nuestras tibiezas, a acercarnos sin temor a este Mesías derrotado, a tomar partido, a convertirnos también nosotros en lámparas que iluminan la pasión de Cristo, la pasión de Dios a favor del hombre, y que alimentan así la esperanza de la humanidad.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf
Sacerdote español y filósofo

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