Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja Parroquial del 24. 4. 2022, II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

INTRODUCCIÓN
La fe en la Resurrección

‘La incredulidad de santo Tomás’, de Giovanni Francesco Guercino.
National Gallery de Londres. (Foto: Lluís Ribes Mateu)

Los domingos de Pascua son una reiteración del acontecimiento de la Resurrección, una llamada profunda a nuestra fe, hasta llegar Pentecostés, ese momento en que Resurrección y venida del Espíritu Santo confluyen juntas.

Así, en esta octava de Pascua el Evangelio nos presenta especialmente a Tomás, el discípulo ausente en la primera aparición de Jesús resucitado y que permaneció incrédulo a pesar del testimonio de sus hermanos. Sin embargo, cuando el Resucitado se aparece por segunda vez él está allí presente y llega a creer plenamente, uniéndose para siempre al Señor de su vida.

Tomás resume el difícil camino realizado por los primeros discípulos para llegar a la fe pascual: no es fruto de una exaltación religiosa o de una alucinación psicológica, sino que es una profunda victoria de Jesús resucitado sobre las dudas y los miedos que paralizan a sus discípulos. En este sentido el Evangelio de este domingo nos muestra un camino para llegar a creer en el Resucitado, el que siempre viene y permanece entre nosotros, ofreciéndonos su paz y dándonos el don del Espíritu Santo.

En los días que siguen a la muerte de Jesús, los discípulos se encuentran en la casa, encerrados en sí mismos, llenos de miedo y pavor. Sin embargo, están habitados por la fuerza de una espera inexplicable, suscitada por el anuncio de María Magdalena: «¡He visto al Señor!» (cf. Jn 20, 18). Jesús toma la iniciativa y se aparece colocándose en medio de ellos como el Se-ñor que viene; infunde la paz en sus corazones, al mismo tiempo que les muestra los signos de su Pasión. Jesús está vivo, pero no se puede eliminar el sufrimiento que Él ha padecido hasta llegar a una muerte cruel, y por eso las huellas de la Pasión permanecen imborrables en su cuerpo, transfigurado por la Resurrección. Después, soplando sobre los discípulos, con un gesto que los recrea (cf. Gn 2, 7) y les hace pasar de la muerte a la vida (cf. Ez 37, 9), el Resucitado les comunica el Espíritu Santo. De este modo les permite cumplir la única misión importante: perdonar los pecados. Jesús sopla el Espíritu, y el efecto del Espíritu es muy claro: poder para perdonar, es decir, misericordia efectiva. Este es el Pentecostés en el Evangelio de Juan: la capacidad para perdonar.

«Ocho días después», por tanto, el domingo, el día del Señor, Jesús se aparece de nuevo a los discípulos. Esta vez también está presente Tomás, unido a la comunidad regenerada por el Espíritu del Resucitado y capaz de anunciar la Resurrección. Pero era precisamente este anuncio el que él se había negado a creer, exigiendo la necesidad de pruebas ciertas: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». Tomás no confía en sus hermanos, quiere tener una relación directa con el Señor; y el Señor mismo con infinita paciencia se le acerca y le invita a contemplar los signos de su muerte: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Es la identificación de Jesús: sus llagas, las señales de su cuerpo crucificado. Es el testimonio de la identidad entre el que murió y el que ha resucitado, el testimonio de su identidad corporal, porque no resucita el espíritu, sino que resucita la persona, con el cuerpo glorificado. Es entonces cuando Tomás llega a comprender y exclama finalmente: «¡Señor mío y Dios mío!», una confesión de fe plena en el señorío y en la divinidad de Jesús.

Si Jesús se identificó con las marcas de su Pasión, nosotros no podemos reconocerle si no tocamos sus heridas. Y palpar sus llagas hoy es tocarlas en sus hermanos heridos. La fe en el Resucitado no es una creencia en un espíritu. Es el resultado de tocar un cuerpo herido: el del Señor. Y hoy la posibilidad de hacerlo está en tocar, en amar, las llagas de nuestros hermanos heridos. Ahí encontraremos la fe en la Resurrección.

Es difícil para nosotros, como para Tomás, llegar a la fe en la Resurrección. Sin embargo, gracias a él, Jesús pronuncia su última bienaventuranza: «¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!». También nosotros estamos llamados a experimentar la bienaventuranza de quien ve a Jesús a través de los ojos de la comunidad cristiana, reunida en el día del Señor y en escucha atenta de la Palabra de Dios.

Celebremos el domingo de la Divina Misericordia. En la Resurrección encuentra todo su sentido la cruz. Nuestras renuncias, nuestros dolores, nuestros padecimientos van dirigidos a la Resurrección, y en ella encontrarán su plenitud. Por tanto, la Resurrección es pura misericordia. Si la Resurrección es el eje y el centro de nuestra fe, esta no es sino la apertura a la misericordia. Creamos en el amor, en la bondad del amor, en el triunfo del amor. Solo la misericordia es digna de fe, es sustrato de la fe. Participemos en la Resurrección del Señor. Si damos paso a la misericordia tendremos dentro de nosotros el germen de la Resurrección. Estaremos resucitando –aunque antes tengamos que pasar por la muerte–, participaremos de la vida del que vive.

Juan Antonio Ruiz Rodrigo
Alfa y Omega

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 12-16

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponla en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 117,2-4.22-24.25-27a
R/. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura del libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba deste-rrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios, y haber dado testimonio de Jesús. Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente que decía: – «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia.» Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en me-dio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho. Al verlo, caí a sus pies como muerto. Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: – «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde.»

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – «Paz a voso-tros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. » Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: – «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: – «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: – «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: – «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: – «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: – «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO
Barro animado por el espíritu

Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad, llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado solo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.

Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.

Ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.

Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».

El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.

Creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro… Solo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar su presencia viva entre nosotros.

Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar solo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No solo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él.

José Antonio Pagola

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Jn 20, 19-31)
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

En la presentación de los acontecimientos de Pascua, en el evangelio de Juan, hay una progresión en las escenas y en los contenidos. Primero es la tumba vacía (¿qué ha pasado?), que da lugar al primer paso, el de la fe sin evidencias. Luego viene la aparición a María Magdalena, entre la confusión y la certeza (“dime si eres el jardinero…”); más tarde la aparición a la comunidad reunida de los apóstoles; por último, a Tomás, apóstol que exige pruebas.

Tomás puede ser figura del hombre moderno, que exige pruebas para dar el “salto propio de la fe”. No quiere decir “creo” sin haberlo él mismo comprobado personalmente. La aparición a Tomás añade un dato importante: el crucificado es el resucitado. Jesús le pide que meta sus dedos en sus manos y en sus costados, para que tome conciencia y certeza de que no es un fantasma. Jesús es “el mismo”, “él en persona”, pero no es “el mismo”, porque ahora es el Cristo vivo y glorioso.

La fe cristiana presupone el encuentro con el Resucitado, sin excluir a los que, como Tomás, quieren entender para dar el paso a la fe.

Pedro Fraile

PLEGARIA

¿Quién es esta que sube del desierto,
apoyada en su amado?
-Te desperté bajo el manzano,
allí donde te concibió tu madre,
donde tu progenitora te dio a luz.
Grábame como sello en tu corazón,
grábame como sello en tu lazo
porque es fuerte el amor como la muerte,
es cruel la pasión como el abismo;
sus dardos son dardos de fuego,
llamaradas divinas.
Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor,
ni anegarlo los ríos.
Quien quisiera comprar el amor
con todas las riquezas de su casa,
sería sumamente despreciable.

Cantar de los Cantares 8, 5-7

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos Los ángeles testigos,
ofrendas de alabanza sudarios y mortaja.
A gloria de la víctima ¡Resucitó de veras
propicia de la Pascua. mi amor y mi esperanza!
Cordero sin pecado Venid a Galilea,
que a las ovejas salva, allí el Señor aguarda;
a Dios y a los culpables allí veréis los suyos
unió con nueva alianza, la gloria de la Pascua.
Lucharon vida y muerte Primicia de los muertos,
en singular batalla, sabemos por tu gracia
y, muerto el que la Vida, que está resucitado;
triunfante se levanta. La muerte en ti no manda.
¿Qué has visto de camino, Rey vencedor apiádate
María, por la mañana? de la miseria humana
“A mi Señor glorioso, y da a tus fieles parte
la tumba abandonada”. en tu victoria santa.
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la Gloria de la Pascua.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que está resucitado;
La muerte en ti no manda.
Rey vencedor apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

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