Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja Parroquial del 13.3.2022. Segundo domingo de Cuaresma (Lc 9, 28b-36)

INTRODUCCIÓN
La transfiguración anticipa
nuestro destino de resucitados

La Transfiguración de Lord D. Nollet (1694) en la iglesia de St. Jacobs (Jakobskerk)

Si el domingo anterior veíamos a Cristo precediéndonos en la peregrinación de la vida, en la que luchamos y sufrimos tantas pruebas, hoy, al contemplarlo lleno de gloria en la transfiguración, se nos anticipa también nuestro destino de resucitados. Se nos testimonia claramente que la Pasión es el camino de la resurrección. En la celebración de la eucaristía, el Señor alimenta con su Palabra y nos prepara para contemplar un día la gloria de su rostro. Pero, además, por el sacramento de la eucaristía, esa gloria no es sólo una esperanza futura, sino que nos hace ya partícipes de los bienes eternos del reino de los cielos. El significado de Pasión y gloria, propio de la transfiguración, se encuentra, pues, realizado sacramentalmente en la eucaristía.

j.f.l.h.

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abran y le dijo: – «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.» Y añadió: – «Así será tu descendencia.» Abran creyó al Señor, y se le contó en su haber. El Señor le dijo: «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.» Él replicó: – «Se-ñor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?» Respondió el Señor: – «Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.» Abran los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abran los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abran, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor hizo alianza con Abran en estos términos: – «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el torrente de Egipto al Gran Río Éufrates.»

SALMO RESPONSORIAL
Sal 26,1.7-8a.8b-9abc.13-14
R/. El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mí corazón:
«Buscad mi rostro.» R/.

Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio. R/.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses

3, 17-4, 1
Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguarda-mos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hom-bres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: – «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: – «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

COMENTARIO
El rostro de Jesús

‘Transfiguración del Señor’. A. N. Mironov

Año tras año escuchamos en el segundo domingo de Cuaresma el relato de la Transfiguración del Señor. El camino cuaresmal parece interrumpirse, o, mejor, alcanzar ya su meta, permitiéndonos contemplar la gloria pascual que brilla a través del cuerpo resplandeciente del Señor transfigurado. Después de la lucha contra las tentaciones en el desierto (en el primer domingo de Cuaresma) subimos con Jesús y sus tres discípulos más íntimos a lo alto de una montaña.

Lucas nos vuelve a presentar una vez más a Jesús orante. Él es el puente entre lo divino y lo humano. Es el Hijo de Dios que ha asumi-do una naturaleza humana, y cuando habla humanamente es Dios quien nos habla. Por eso Lucas quiere poner de relieve esto: la oración de Jesús. Es rara la ocasión solemne en que el evangelista no lo subraye. Jesús reza en el momento del Bautismo que recibe de Juan (cf. Lc 3, 21), antes de elegir a los Doce (cf. Lc 6, 12-13), ante la inminencia de su Pasión (cf. Lc 22, 39-46), clavado en la cruz (cf. Lc 23, 46)…

Dice el pasaje evangélico que mientras Jesús rezaba cambió su rostro. ¡Qué significativo este detalle que señala Lucas! El rostro no es solo una parte más del cuerpo. Es cierto que el funcionamiento del cuerpo depende de todo el organismo. Pero el rostro es la expresión de la interioridad y del corazón de todo ese organismo que es humano, que tiene alma. El rostro humano tiene una belleza especial, y tiene sobre todo una expresividad particular. El rostro refleja nuestro estado de ánimo, incluso hasta cuando –por educación, o tal vez por hipocresía– queremos disimular ese estado de ánimo. No brillan los ojos igual cuando uno se encuentra radiante de felicidad en un momento de plenitud que cuando uno está bajo el peso del dolor y de la desgracia. No se sonríe con la misma naturalidad en uno y en otro caso.

Pero no solo el rostro revela y exterioriza nuestro estado de ánimo. El rostro es también el espejo donde la alegría y el dolor del prójimo se reflejan y penetran en nosotros. Llora el hermano, lloro yo. Y ese llanto mío, esas lágrimas en mi rostro, no son más que la expresión de que el sufrimiento del otro ha llegado hasta mi corazón.

¡Qué importante es el rostro de una persona! Este domingo el Evan-gelio dice que la oración cambia el rostro de Jesús. Cuando nos en-contramos con un amigo de toda la vida, con una persona muy querida, el rostro se expande, se humaniza; muestra alegría, gozo. ¿Qué será cuando Dios nos conceda sentir la oración hasta corporalmente, como Jesús? ¿Qué será cuando estemos cara a cara ante el rostro de Dios, aunque sea todavía en la fe? ¡Qué paz habrá en nuestro rostro! Cuando Moisés bajó del monte Sinaí y traía en sus manos las dos tablas de la Ley, su rostro estaba iluminado, porque el hablar con Dios cambió su rostro (cf. Ex 34, 29-30).

Jesús está en oración. Y le acompañan sus tres íntimos amigos. Toda oración es acompañar la oración de Jesús y, por lo tanto, seguir el proceso que Él sigue. La oración del Señor es escuchar la Palabra, de tal manera que Jesús aparece conversando con Moisés y Elías (la profecía y la Ley, de las que Jesús es intérprete y cumplimiento). Pedro y sus compañeros se encuentran tan a gusto en aquel diálogo con Dios que expresan lo que al evangelista le parece casi una locura: «¡Qué bien se está aquí! Hagamos tiendas para permanecer» (cf. Lc 9, 33). De este modo, ante esta visión, Pedro habla inapropiadamente, no sabe qué decir, salvo que habría que detener ese acontecimiento, hacerlo definitivo. Así todo se cumpliría sin la Pasión y la cruz…

Pero esto no es posible, porque la Transfiguración es sólo un adelanto de la Resurrección en el camino hacia Jerusalén. De hecho, una nube luminosa cubre a todos los presentes mientras una voz que sale de ella proclama: «Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo» (cf. Sal 2, 7; Gn 22, 2; Dt 18, 15). Si en la escena del Bautismo la voz del Padre había resonado sólo para Jesús (cf. Mc 1, 11), aquí en cambio resuena también para los tres discípulos. Y la invitación es decisiva para todo discípulo de Jesús, de todos los tiempos: escuchar al Señor, y no a nuestros miedos, a nuestros deseos, a nuestras imágenes y proyecciones de Dios. Para ver y oír a Dios (cf. Dt 6, 4) ahora es necesario ver y escucha a Jesús.

La Transfiguración que presenta el Evangelio de este domingo es también la transfiguración del cristiano. Cuando se empieza partici-pando de los sentimientos de Jesús, cuando se vive con Él y en Él, cuando nos vamos configurando con la vida del Señor, la Transfigu-ración aquella, que fue el precedente y el anticipo de la Resurrección, empieza también en nosotros. Dejémonos transfigurar, bajo el cielo estrellado, mirando a Dios, distanciándonos de esa cultura del bienestar y del consumo, practicando ahora en la Cuaresma una pobreza especial, una comunicación de bienes con los más necesitados, una penitencia que la noten los pobres. Ha llegado la Cuaresma: los cristianos hacen penitencia, practican la caridad, y los pobres sonríen. ¡Qué bonito! Cuando esto sucede, se está produciendo nuestra transfiguración en el Señor.

Juan Antonio Ruiz Rodrigo
(Alfa y Omega)

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Lc 9, 28b-36)
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

La Transfiguración está presente en los tres sinópticos con un texto muy parecido. Hemos de notar su paralelismo con el bautismo, pues en ambos casos la voz del cielo confirma a Jesús como su Hijo amado.

Lucas presenta dos variantes: por una parte, Jesús sube al monte para hacer oración, y allí tiene lugar la Transfiguración. Por otra parte, la conversación con Moisés y Elías le ponen en continuidad con toda la historia de la salvación, poniendo en Jerusalén su punto de llegada.

Hemos de notar también su relación con las tentaciones: Jesús no sigue el camino del mesianismo que esperaban sus contemporáneos, representado por Pedro, sino que toma el del Siervo de Yahveh, anunciado por los profetas. Le acompañan Pedro, Santiago y Juan, los mismos que estarán en Getsemaní.

La Transfiguración es un anticipo de la gloria futura, pero antes hay que recorrer todo entero el camino de la cruz.

Pedro Fraile

PLEGARIA
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz

Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde hay desesperanza, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado,
cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.

Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando como se es perdonado, es muriendo como se resucita a la vida eterna.

Oración atribuida a san Francisco de Asís

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