Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja Parroquial del 1 de mayo de 2022, Tercer Domingo de Pascua

INTRODUCCIÓN
Meditación del Papa Francisco

Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. Me viene ahora a la memoria un consejo que San Francisco de Asís daba a sus hermanos: predicad el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras. Predicar con la vida: el testimonio. La incohe-rencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, mina la credibilidad de la Iglesia.

Pero todo esto solamente es posible si reconocemos a Jesucristo, porque es él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su camino, nos ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del Evangelio de hoy; hay una cercanía cotidiana con él, y ellos saben muy bien quién es, lo conocen. El evangelista subraya que “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntar-le quién era, porque sabían bien que era el Señor”. Y esto es un punto im-portante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como “el Se-ñor”. ¡Adorarlo!»

Homilía de S.S. Francisco
14 de abril de 2013

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles

5, 27b-32. 40b-41
En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: – «¿No os hablamos prohibido formalmen-te enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: – «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 29, 2 y 4. 5 y 6. 11 y l2a y 13b
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la rique-za, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberiades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: – «Me voy a pescar.» Ellos contestan: – «Vamos también noso-tros contigo.» Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: – «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: – «No.» Él les dice: – «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. » La echaron, y no teman fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: – «Es el Señor.» Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: – «Traed de los peces que acabáis de coger.» Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: – «Va-mos, almorzad,» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Se-ñor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apa-cienta mis corderos.» Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

COMENTARIO
Ustedes también pueden hacerlo

Como todo Evangelio de Resurrección, además de contarnos algo sucedido en el pasado, se nos dan pistas para seguir también nosotros descubriendo a Cristo Resucitado en el presente. Es como si los discípulos nos dijeran: “nosotros lo descubrimos así, ustedes también pueden hacerlo”. Veamos las pistas del Evangelio de hoy.

1) El Señor Resucitado está en tu vida cotidiana. En varios textos de Resurrección el Señor aparece convocando a los discípulos en Galilea. Hoy, es más, ya nos encontramos justamente a orillas del Mar de Tiberíades, es decir en el corazón de Galilea, por lo que podemos ver que el Señor ha venido a cumplir su promesa. Recordemos que Galilea es para los discípulos el lugar de su vida familiar, de su vida laboral (la pesca), el lugar de su cotidianeidad. Al convocarlos en Galilea, el Señor nos está hablando también a nosotros, diciéndonos que nos espera Resucitado precisamente en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestra brega cotidiana…

2) El Señor Resucitado nos llama a “tirar la red para otro lado”. Si hicimos una buena Cuaresma, y alcanzamos la Gracia de la conversión del corazón, es importante ahora no volver a caer en los mismos errores del pasado, justamente eso sería seguir tirando la red siempre “para el mismo lado”. Cuando Cristo nos llama por tanto a pescar “del otro lado”, nos está recordando que con nuestras formas viejas de pescar éramos infecundos, no pescábamos nada. De lo que se trata, entonces, es de pescar hacia un lado nuevo, de pescar Resucitados. En este sentido, un signo patente de Resurrección será siempre la fecundidad de nuestras vidas. Donde hay vida hay Resurrección. Tiremos, entonces, la red hacia el lado de la fecundidad, de la Vida en Abundancia que el Resucitado nos quiere regalar.

3) El Señor Resucitado quiere regalarnos “la vista” de Juan y “el arrojo” de Pedro. Es notable ver cómo se complementan estos dos discípulos. El domingo los veíamos corriendo unidos hacia el sepulcro, y uno entrando y el otro viendo y ambos creyendo… ahora los vemos nuevamente juntos, en la misma barca, y ayudándose uno a otro, y ambos a nosotros. Como bien dice Saint-Exupéry: “no se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”; en esta línea, noten que el único discípulo que ve al Resucitado y lo reconoce es el “discípulo amado”. Es decir, el discípulo que no sólo está mirando con los ojos, sino que además, mira con el corazón, mira con el amor. Aquí hay algo fundamental: ¿quieres ver al Resucitado? Empieza a mirar más con el corazón, empieza a buscarlo más con el amor. Ahora bien, no basta reconocerlo, con Juan, sino que hay que ir a su encuentro, con Pedro. Y es allí donde necesitamos ser también nosotros cristianos “lanzados”, cristianos que nos animamos a arrojarnos al agua incluso medio desnudos, inseguros, a tientas. Confiados que a la hora de tirarnos al agua, será el mismo Resucitado quien nos sostendrá. Pedro ha aprendido aquella vieja lección, que de la mano del Señor ya no tiene que tenerle miedo al mar, que puede animarse y lanzarse a nadar.

4) El Señor Resucitado nos regala una última pista para que podamos también nosotros encontrarlo. Búsquenme en la Eucaristía, búsquenme en la comunidad. La imagen con que se cierra nuestro Evangelio de hoy es preciosa: los discípulos nuevamente reunidos en torno a Cristo, celebrando juntos un banquete eucarístico. Aquí está una doble moraleja que no puedes, que no podemos olvidar jamás: te alejas de la comunidad, te alejas del Resucitado… Te alejas de la Eucaristía, te alejas del Resucitado…

En fin, queridos hermanos y hermanas de Oleada Joven, el Resucitado está ahí, en Galilea! Está ahí, trayendo Vida en Abundancia, pesca fecunda! Está ahí, para todo el que sabe mirar con amor y abrir los ojos del corazón! Está ahí, para todo el que quiera y se anime a lanzarse al mar! ¡Está ahí, en la Eucaristía y en la comunidad!

¡Amén!

P. Germán Lechini Sacerdote Jesuita.
Colabora en la Pastoral del Templo

de la Compañia de Jesús en Córdoba
Fuente: Radio María Argentina

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Jn 21, 1-19)
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

El capítulo 21 es un añadido a la obra de Juan, básicamente terminada. Jesús resucitado se aparece en el lago de Tiberíades. Algunos apóstoles van a pescar, pero no recogen nada. Jesús está en la orilla, pero no lo reconocen.

El discípulo amado, circunloquio que se refiere a la comunidad de Juán, reconoce a Jesús. Pedro, que había regresado a sus faenas y trabajaba sin obtener fruto, se lanza al agua cuando le dicen que Jesús está en la orilla. Aún no ha llorado su pecado; sigue siendo el discípulo impetuoso. Jesús parte el pan, expresión sublime de la presencia viva de Jesús entre los suyos.

Texto cargado de símbolos; siete discípulos (toda la Iglesia); no pescan nada (porque sin Jesús la Iglesia no puede nada); red que no se rompe (recibe a todos sin excepción); Jesús prepara la comida (la Eucaristía).

El matiz temporal “después de comer” sirve de transición al encuentro de Jesús Resucitado con Pedro. A las tres tentaciones de Pedro en casa de Caifás, le corresponden las tres preguntas de Jesús: “¿Me amas?”. Pedro sólo se atreve a decirle que lo quiere. Tras el derumbe de Pedro, el abrazo de Jesús y de nuevo la misión. Se puede volver a empezar: “Sígueme”.

Plegaria
MIEDO A MÍ MISMO

Somos esclavos de nuestro pasado con sus errores y mala conciencia.
¡No querríamos recordar tantas cosas! ¡Nunca hemos esto allí! Decimos.

Somos herederos de nuestras decisiones, buenas o malas, erróneas o acertadas.
¡No tenía que haber dicho que sí! ¡Nunca debía haber acertado! Repetimos.

Somos paganos de deudas personales, contraídas con nosotros y los nuestros.
¡No tenía más remedio! ¡Nunca más, nunca más! Insistimos.

Los miedos (en plural) nos bloquean, incapacitan y encorsetan.
¿Dónde que da nuestra fe en el Resucitado? ¿Dónde la luz de haber sido salvados?

Con Pedro, te digo, Señor:
¡Te “quiero”, no sé bien si te “amo”!
Con Pedro, escucho tu voz, directa:
¡Sígueme a mí, ponte en mis pasos!

Pedro Fraile

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