Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja Parroquial de Sta. María de Majadahonda. Eucaristía del 19.12.2021. Domingo 4 de Adviento

INTRODUCCIÓN
“¡Dichosa tú, que has creído!”

El IV domingo de adviento lo podemos considerar como el pórtico que nos introduce en el misterio de la Navidad: “Dios con nosotros”. Lo hace a través de lo sencillo y hu-milde, “y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Efratá…” (1ª Lect.) y de un Je-sús que se ofrece de una vez para siempre (2ª Lect.) De aquí la admiración de Isabel ante el misterio al visitarla “la madre de mi Señor” (Ev.).

María es la protagonista en este último domingo de Adviento. Ella la humilde y sencilla joven de Nazaret al sentir en sí misma la presencia del misterio de Dios hecho carne, siente la necesidad de comunicarlo a otra mujer sencilla y humilde que se siente dicho-sa por su maternidad. María “va a prisa” a comunicárselo a Isabel. Así es el gran miste-rio de la Encarnación que se sigue manifestando a los sencillos y humildes de corazón que se sienten agraciados de esta visita del Señor que realiza a lo largo de los siglos.

Fr. Manuel Gutiérrez Bandera
Virgen del Camino (León)

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4ª

Así dice el Señor: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Se-ñor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.»

SALMO
Sal 79,2ac.3c.15-16.18-19
R/. Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece;
despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó,
y al hombre que tú has fortalecido. R/.

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10

Hermanos: Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.”» Primero dice: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zaca-rías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito. – «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. »

COMENTARIO
De visitas y Encuentros

En cada encuentro se esconde un regalo inesperado. El que desconfía, no ve, no co-noce, no comprende, no se asombra, no se admira. El que confía, descubre lo que está escondido a primera vista: lo bueno, lo bello, lo que construye y merece la pena. Sólo lo ve quien ama y confía. (A García Rubio)

Si tenemos en cuenta los relatos de los «orígenes de Jesús», tal como nos los describen Mateo y Lucas, podemos darnos cuenta de que la Buena Noticia de la Salvación comenzó con una colección de encuentros.

En primer lugar el Dios Creador se acerca a una criatura, una mujer, para dialogar con ella, para contar con ella… y ella le responde con aquella misma Palabra de Dios con la que ´Él comenzó el mundo: «hágase». Y en su seno se hizo la vida.

Otro encuentro tuvo como protagonista al justo José, en este caso por medio de un sueño. Aquí no hubo palabras, pero sí actitudes y hechos. Ese encuentro lo hizo «padre» de Jesús, esposo de María, miembro y protector de una Sagrada Familia.

Fue un encuentro gozoso el del Niño de Belén con aquel grupo de pastores que recibió la alegre noticia: «os ha nacido un Salvador», precisamente a vosotros, gente de las «periferias» de Be-lén. Y ellos se llenaron de alegría y fueron al portal.

Más adelante tendría lugar el encuentro de aquellos Magos extranjeros llegados de lejos, con in-tención de doblar sus rodillas, acoger y adorar al Niño y entregarle sus mejores ofrendas.

Y también el encuentro que hoy nos ocupa: dos mujeres que se encuentran, por iniciativa de una de ellas. El Antiguo Testamento (Isabel y Juan), que había estado preparando el camino al Se-ñor se alegra de la visita de la madre de mi Señor (Nuevo Testamento) y se «saludan» ellas y las criaturas todavía por nacer. Lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá. Y efectivamente, el Señor está contigo y será para siempre el Dios con nosotros, todos los días hasta el fin del mun-do.

Lo primero que se le ocurrió a María después del encuentro con el Ángel del Señor, al recibir la noticia de que su prima Isabel lleva seis meses de embarazo, fue ir a acompañarla, teniendo en cuenta, además, que ya era de edad avanzada, y por lo tanto es casi seguro que no pudiera contar con la asistencia de la «abuela» del bebé que iba a nacer, como solía ocurrir en las familias de aquel entonces. De esta forma, la que acaba de ser visitada por Dios y se ha mostrado a sí misma como servidora (sierva) del Señor, pone inmediatamente en práctica lo que ha dicho, mostrando con su modo de obrar que servir a Dios es ponerse al servicio del prójimo, especialmente del que pueden estar más necesitado.

María debió recorrer unos ciento cincuenta kilómetros desde Nazareth, en Galilea, al norte de Is-rael, hasta una pequeña población de Judea llamada Aim-Karem, situada en la montaña, a unos tres kilómetros de Jerusalem. El recorrido solía durar cuatro o cinco días, empleando el medio de trans-porte más común de aquella época entre los pobres, que era el asno, pues el camello y el caballo eran para los más pudientes. Hay que tener en cuenta que aquellos caminos eran escarpados y más bien peligrosos, pues abundaban los ladrones. Y María estaba embarazada nada menos que del Hijo Dios. Habría sido más que razonable que se quedara recogida en casa, orando, o haciendo sus tareas de siempre. Pero no. Ella pensó, antes que en sí misma, en la necesidad de su pariente Isabel. Y allá que fue.

Así pues LA PRIMERA CONSECUENCIA de la encarnación del Hijo de Dios fue UN ENCUENTRO, una visita, unos abrazos y una alegría profunda. Tener a Dios con nosotros supone salir de uno mismo hacia las necesidades de los otros.

Y precisamente las cercanas fiestas de la Natividad las celebramos con múltiples encuentros, aun-que no todos sean con la misma profundidad y trascendencia como los que acabamos de comentar. Y más en estos momentos que parece que los echamos más de menos y los necesitamos más que nunca (aunque haya que tener todos los cuidados sanitarios posibles y recomendados). ¿Cómo podríamos hacer que esos encuentros merecieran más la pena, y «cambiaran» algo en nosotros?

• Lo primero antes de cualquier encuentro es ilusionarse, desearlo sinceramente. Prepararse. Si uno acude a regañadientes, forzado, pensando que no le apetece nada verse con… no es nada probable que la cosa resulte bien. El encuentro en sí mismo es UN REGALO. Me encanta la reac-ción de Isabel ante la visita: ¿Quién soy yo para que me visite…? Se siente halagada y bendeci-da por aquella mujer que le viene en el nombre del Señor. ¿Quién soy yo para que me visita… o para ir de visita a casa de…? Me duele pensar que no pocos en estos días no tendrán realmente con quién encontrarse.

Las personas necesitamos encontrarnos con calma y con gozo. Hay demasiadas prisas que hacen nuestros encuentros cotidianos mas bien «roces» superficiales. No intercambiamos nada, no deja-mos en el otro nada de nosotros mismos. Más bien «nos cruzamos».

Es estupendo que la llegada del Mesías propicie e invite a encontrarnos. Dice una de las oraciones litúrgicas: El mismo Señor que se nos mostrará aquel día lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos. (Prefacio III Advien-to). Recibir, acoger, encontrarse con el otro es un signo de la fe. María es buen ejemplo.

• Lo segundo sería revisar lo que llevamos por dentro. Porque eso será lo que transmitamos y contagiemos, incluso aunque no abriéramos la boca. Podemos transmitir paz, serenidad, interés por escuchar y comprender, alegría, confianza, sinceridad, perdón… Otras cosas (¿hace falta enume-rarlas?)… pues mejor dejarlas en algún cajón.

María se pone en marcha «portadora» de buenas noticias. Se siente profundamente gozosa, claro. Sin embargo, no le sobran inquietudes e incertidumbres. Y precisamente eso es lo que quiere compartir con su prima. Lo que llevamos dentro, lo que vivimos, lo que esperamos, lo que soña-mos, lo que sufrimos… esos son los mejores temas para hablar. Lo más nuestro, lo más personal: nuestra vida. Aunque es cierto y normal que no con todos lo haremos del mismo modo.

• Por eso – y sería lo tercero- sin acaparar la atención y la conversación. El narcisismo tan propio de estos tiempos, y tan excesivo, nos hace creernos el centro del universo y que los demás giran a nuestro alrededor. Es necesario esforzamos por ponernos en el lugar del otro, «escucharlo» since-ramente. No es adecuado escuchar preparando mi contestación, o mi consejo o mi reproche… Se trata más bien de hacerme cargo del punto de vista y la situación personal y afectiva del otro. Pue-do no estar de acuerdo, claro, pero seguramente lo más adecuado sea reposarlo, pensarlo y buscar mejor ocasión para expresarlo… o incluso dejarlo estar.

María estaba más pendiente de lo que pudiera necesitar su prima, que de sí misma. Estupenda actitud para el encuentro verdadero: el otro es lo más importante. Que se sienta a gusto conmigo, que le eche una mano si fuera lo posible. Que se sienta acompañado y comprendido. Tengo que ser portador de alegría, de paz, serenidad, de cercanía, de amor… Y si no me salen espontáneamente de dentro… puedo pedirlos al Señor que va conmigo… En todo caso SIEMPRE HAY algo de bondad en mí y cosas buenas que ofrecer. Esas… son las que tengo que llevar a mano, en el bolsillo.

Para terminar, recojo unas palabras escritas por el Papa Francisco:

«El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus necesidades, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura».

También eso: no estaría nada mal podernos dar algún abrazo sincero de reconciliación. Así la Navidad sería más Navidad. Que yo sea el mejor regalo que puedo llevar hasta los otros. Mi presencia llena del Dios que me habita, me fortalece y me ayuda a salir de mí mismo y ser «para el otro, para los otros». Como María, la Visitadora y servidora de aquella otra bendita mujer.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior de Kate Lee, y en el centro de Taizé

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Lucas 1, 39-45.).
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

El texto habla del encuentro entre dos mujeres-símbolo; de abrazo de dos tiempos salvíficos, de bendición, de fe y de cumplimiento. La primera mujer es María; ella porta en su seno virginal la promesa misma, a Jesús. La segunda lleva en su seno a Juan: el precursor y el enlace con la profecía de todo el Antiguo Testamento.

María e Isabel no son sólo dos buenas mujeres emparentadas, sino las portadoras del precursor y del realizador de la nueva alianza. Se abrazan las dos mujeres y se abrazan los dos tiempos salvíficos: el de Israel y el de la Iglesia.

Es un texto que habla d bendición, porque María ha sido bendecida por Dios, bendice a Dios y su Hijo es la Bendición. Habla de fe porque la bienaventuranza (macarismo) no es por nada fútil, efímero y superfluo.

Es bendita porque cree/confía/espera y obedece en Dios y al mismo Dios. Es, por fin, cumplimiento, porque es la teología de Lucas. María posibilita el cumplimiento de las esperas y de los tiempos salvíficos. La tensión que se adivina en el Antiguo Testamento se soluciona en el abrazo de las dos mujeres y de la salvación de Dios.

Plegaria para la semana
DOS MUJERES

Dos mujeres con nombre. El nombre de una es Isabel, el de la otra María
Las personas tenemos nombres que nos identifican, pero no nos igualan

Dos mujeres sencillas.
Que no simples. Los simples dicen simplezas.
Los sencillos entienden la vida desde otra perspectiva.

Dos mujeres creyentes en Dios. La fe no es un “menos” sino un “más”.
La fe no es ridícula, ennoblece. La fe nos hace siempre sorprendentes.

Dos mujeres gestantes. Porque la vida es de Dios y es buena.
Porque la vida se engendra y se cuida. Porque somos portadores de vida.

Dos mujeres fuertes. Poderosas, pero no prepotentes.
Firmes, que no dictadoras. Seguras, que no inmóviles.

Dos mujeres actuales. Isabel y María.
Dos caminos de fe. Dos caminos de vida.

Pedro Fraile

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