Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja Parroquial de Santa María de Majadahonda. Eucaristía del 31.10.2021. Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

INTRODUCCIÓN
Primeras páginas del libro “El Credo, hoy”
(Joseph Ratzinger, Benedicto XVI)

En la introducción de su libro El Credo, hoy, Ratzinger cuenta una historia sobre el judaísmo en la época de Jesús, en la que un gentil le dijo al rabino Samhai que estaba dispuesto a convertirse a la religión judía si éste le explicaba su contenido siempre que el hombre pudiera mantenerse sobre un solo pie. El rabino Samai, después de haber repasado los cinco libros de Moisés, llenos de los elementos necesarios para la salvación, respondió que eso era imposible. El hombre se dirigió entonces a otro rabino, Hillel, de otra escuela rabínica, y le hizo la misma pregunta. Él respondió que era muy posible: «No hagas a tu prójimo lo que no deseas para ti». Esa es toda la ley. Todo lo demás es una interpretación.

Algo parecido puede ocurrir también con la fe cristiana. Algunos, como el rabino Samai, creen que es imposible resumir la fe cristiana en unos minutos. Se necesita un largo periodo de catequesis, al menos dos años o incluso algunos más de profundización teológica (mistagógica) para aceptar la fe y, por tanto, ser bautizado, e incluso así es imposible llegar al fondo de la verdad cristiana. Sin embargo, Jesús fue capaz de dar una respuesta sucinta a tal pregunta (sobre el mayor mandamiento o, en otras palabras, sobre lo que uno debe hacer para recibir la salvación): «Escucha Israel: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. Y el segundo es semejante al segundo: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que Jesucristo requiere, concluye Ratzinger, está contenido aquí. Quien lo hace -es decir, ama- es cristiano y lo tiene todo.

Como vemos, por las palabras de Jesús, la escucha de la Palabra precede a la exigencia del Amor a Dios y al prójimo, es decir, para poder amar, tenemos que abrirnos al Amor de Dios, que nos da en su Palabra, que es el mismo Jesús.

J.M.V.

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Deuteronomio 6, 2-6

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel.” Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

SALMO
Sal 17
R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

Hermanos: Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la muerte les impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.» El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

COMENTARIO
Escucha y Ama

¡Escucha, Israel. Escucha, pueblo de Dios, escucha bautizado!
Esto lo primero de todo: que escuches la voz de tu Dios.

Tu Dios te habla en cada celebración, cuando se proclama la Palabra, y quiere dialogar contigo.

«Escucha Israel», «y que las palabras que yo te dirijo hoy queden grabadas en tu corazón».

Como enseñó el Sacerdote Elí al joven Samuel que «oía» aquella desconocida voz: «cuando te sientas llamado, responde: Habla Señor, que tu siervo escucha».

Y si te cuesta escuchar la voz, ora como el rey Salomón, cuando siendo aún joven le dijo Dios: «pídeme lo que quieras que te dé». Y Salomón respondió: «Concede a tu siervo un corazón que escuche». Agradó tanto al Señor aquella petición, que le respondió: «Cumplo tu ruego y te doy un corazón sabio e inteligente».

Cada mañana, al estrenar el día, podemos recordar las palabras de Isaías: «El Señor me ha dado lengua de discípulo, y mañana tras mañana despierta mi oído para que escuche como un discípulo. El Señor me ha abierto el oído».

En la primera plegaria del día, Laudes, a menudo repetimos: «¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón» (Salmo 5, 7,8).

En el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, se nos dice: «El que tenga oídos que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (2, 7.11.17,29). Porque el Espíritu de Dios habla también hoy a la Iglesia, invitándola a la renovación y a la fidelidad.

Y nos animan las palabras de Jesús: «en verdad, en verdad os digo: el que escucha la voz del Hijo de Dios ha pasado de la muerte a la vida» (Jn 5, 25).

Tu Dios te habla en el fondo de tu corazón/conciencia, empujándote siempre hacia el bien y el amor. Allí en tu corazón resuenan muchísimas voces. Algunas de ellas encienden tus más bajos instintos: la rabia, el rechazo al que es distinto, la comodidad, el egoísmo, la agresividad, la venganza, la búsqueda de ventajas personales por encima de los otros, el dejarte llevar por lo que hace todo el mundo, el no complicarte la vida… Pero junto a ellas también está la voz de Dios. ¿Cómo distinguir una de otras?.

«El Señor, nuestro Dios, es solamente uno». Los otros nunca deben ser tomados como dioses, porque no lo son. Al único Dios lo reconocemos porque nos saca de la tierra de la esclavitud para darnos la libertad. Los otros «dioses» nos atan, nos someten, nos manejan. A este único Dios le mueve el clamor del pobre, del necesitado, del más frágil, del que sufre, del más pequeño. Los otros «dioses», en cambio, los silencian, sólo dejan oír la voz del egoísmo. Este único Dios quiere hacer de nosotros un gran pueblo, una gran comunidad de hermanos, y solo nos ofrece una Ley importante: la Ley del amor, con ella, busca hacer de ti una persona «grande» y fraterna pues tendrás un corazón enorme lleno de amor.

Me ha ayudado meditar este testimonio personal:
En cierta ocasión le pregunté a Dios qué deseaba decirme o pedirme. Era un momento de ardiente fervor en el que me sentía preparado para escuchar cualquier cosa. En un mo-mento de tranquila escucha, oí interiormente las siguientes palabras: «te amo». Y me sentí desilusionado: ¡ya lo sabía! Pero Él volvió a mí de nuevo con esas mismas palabras. Y de repente, me di cuenta con mucha claridad de que nunca había aceptado e interiorizado realmente el amor de Dios por mí. En ese instante lleno de gracia, vi que «yo sabía» que Dios había sido paciente conmigo y me había perdonado muchas veces. Pero me asom-bró no haberme abierto nunca a la realidad de su amor. Lentamente caí en la cuenta de que Dios tenía razón. Nunca había escuchado realmente el mensaje de su amor. Cuando Dios habla, siempre habrá «algo sorprendente, distintivo y duradero». (John PO-WELL, Las estaciones del corazón. Sal Terrae).

Por eso sólo a él le darás «todo tu corazón». Porque sólo él te ha amado tanto, tanto, tanto… y su amor no te ata nunca, no te domina ni te impone, ni te maneja, sino que te hace ser más tú. Sólo te pide esto: «ama». Y entonces, toda voz que no te ayude a ser más libre, más responsable, más generoso, más dispuesto, más acogedor, más atento, más justo. menos individualista… no es la voz de Dios.

Tu Dios te habla también en la voz de los hombres que necesitan algo de ti. Ha escrito don Santiago Agrelo, un pastor excepcional y obispo emérito de Tánger:

Aceptamos que el «amar al Señor Dios con todo el corazón» es el primer mandamiento de la ley; pero no hay razón para que pensemos que ese mandato tenga algo que ver con unos extranjeros vigilados, controlados, desplazados, deportados en nombre de nuestro bienestar; podemos amar a Dios y desentendernos de esos hijos suyos que, por no tener papeles, han dejado de ser hijos suyos. Ocuparse de ellos sería ‘buenismo’ indigno de personas razonables.

Aceptamos eso de «amar al prójimo como a uno mismo»; pero es evidente que unos extranjeros sin dinero no son «prójimo» nuestro, y mucho menos son «nosotros mismos»: gentes así son sólo una amenaza para nuestro trabajo, para nuestra identidad, para nuestra seguridad; y como una amenaza han de ser apartados de nuestra vida. Cualquier otra disposición sería mero sentimentalismo.

Puede que bosques, fronteras y pobres nada tengan que ver con el evangelio de nuestra eucaristía. Puede que consigamos amar a Cristo sin amar su cuerpo que son los pobres. Puede que consigamos comulgar con Cristo y subvencionar a quienes añaden sufrimientos atroces a su pasión. Si así fuese, si nuestra misa nada tiene que ver con los caminos de los pobres, mucho me temo que tampoco tenga algo que ver con el camino que es Cristo Jesús.

Jesús unió inseparablemente el amor de Dios y al prójimo en un solo mandamiento. Y el modo de comprobar que amamos a Dios como único Dios, por encima de todas las cosas es el amor al prójimo. No es posible amar a Dios… si nos desentendemos de los que él ama más: de cada hijo/hermano sin exclusión. El amor, los demás, y el mundo creado son temas principales para revisar nuestra conciencia y crecer, procurando concretar: ¿A quién, cómo y cuándo debo expresar mejor mi amor (y mi escucha)?.

En este contexto se entiende mejor que el Papa desee una Iglesia de la escucha, a la escucha: «El tiempo de Sínodo en el que estamos nos ofrece una oportunidad para ser Iglesia de la escucha, para tomarnos una pausa de nuestros ajetreos, para frenar nuestras ansias pastorales y detenernos a escuchar. Escuchar el Espíritu en la adoración y la oración… Escuchar a los hermanos acerca de las esperanzas y las crisis de la fe en las diversas partes del mundo, las urgencias de renovación de la vida pastoral y las señales que provienen de las realidades locales».

Escuchar es el camino para poder amar: escuchar sin estar pensando lo que vamos a responder, escuchar sin hacer juicios, escuchar con atención las palabras, los gestos, los sentimientos, la situación vital. Escuchar dejando que me afecte lo que escucho, que me toque por dentro. Escuchar para discernir. Escuchar para acompañar y caminar juntos (Sínodo). Escuchar, como María, guardando la Palabra y las palabras en el corazón. Escuchar comprendiendo y amando.
Termino con estas palabras del Papa Francisco: «Escucha también la melodía de Dios en tu vida, y no limitarte a abrir los oídos, sino abrir el corazón. Y es que, quien canta con el corazón abierto toca el misterio de Dios, incluso sin darse cuenta. Un misterio que es, en definitiva, el amor que despliega su maravilloso, pleno y único sonido en Jesucristo».

Que el Señor nos afine el oído y nos dirija para interpretar y cantar juntos la partitura del Amor.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior: José María Morillo.

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Marcos 12, 28b-34)
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

A diferencia de los fariseos, que suelen aparecer en los evangelios por lo general poniendo trampas a Jesús, parece que el escriba va con buena voluntad. La pregunta del legislador judío se sigue moviendo en el campo de las normas y de sus prioridades: “Sé que hay muchas normas, pero en ellas cuál es la primera, la que antecede y supera a las demás”.

Jesús esta vez tampoco responde defendiéndose, sino con sinceridad. El primero, como buen judío lo marca el Shema: la adoración a Dios en verdad es el marco en el que se inscribe toda la vida del israelita; la escucha atenta y obediente a él asegura una vida feliz.

Pero Jesús añade un segundo mandamiento que no lo encontramos en el Deuteronomio, sino en el Levítico (Lv 19, 19): “Amarás al prójimo como a ti mismo”. La novedad de Jesús es importante: para sus discípulos no es posible hacer una separación dicotómica de los dos amores. Sería como caer en una esquizofrenia. Uno va de la mano del otro, porque en “el otro” se hace presente el mismo Dios.

La respuesta humilde a la vez que aseverativa del escriba ponen en labios de Jesús la alabanza de aquel hombre. Para estar cerca del Reino de Dios no hay que hacer proezas excepcionales, sino abrirse al amor de Dios y reflejarlo en el hermano que comparte la vida contigo.

Textos: Equipo Eucaristía.

PLEGARIA para la semana
HUMANO CREYENTE

Quiero ser humano, de los que se dejan atrapar
por el dolor, por la risa, por el canto o el llanto.

Quiero ser creyente, atento, abierto, oyente.
Creyente en Dios, cercano y no distante.

Quiero ser a la vez barro como el humano,
lívido como el creyente, amor embarrado.

Quiero creer y amar. Escuchar y acoger,
luchar y orar, gritar y serenar.

No me basta con ser ciudadano educado,
elocuente orador, ni filántropo admirado.

Quiero ser humano al estilo de Jesús,
escuchante de Dios, de la vida, amante.

Pedro Fraile

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