Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja Parroquial de Santa María de Majadahonda. Eucaristía del 24.10.2021. Domingo XXX del Tiempo Ordinario

INTRODUCCIÓN
“¿Qué quieres que haga por ti?”

Hoy, Jesús se acerca a Bartimeo como Dios Padre cuida a su pueblo en el destierro. El consuelo de Jesús llena de alegría al ciego porque experimenta un nuevo Dios, un nuevo camino.

San Marcos nos presenta la escena de la curación de un ciego, Bartimeo, que se extiende a la posibilidad de sanar otras cegueras. Jesús es capaz de hacer del clamor de los humildes un canto de fe y esperanza. Así, Dios cambia el cautiverio en libertad, la soledad en comunión, las lágrimas en alegría (cf. Sal 125,6).

En este caso, un ciego se convierte en discípulo y nos marca también la pauta del ser discípulos. Es un llamado a la corresponsabilidad, a escuchar y participar en la misión de la iglesia, en el mismo sentido del pedido que Jesús hace al padre ‘que todos sean uno’ (Jn 17,21).

Fr. Javier Abanto O.P.
Convento de Santa Sabina (Roma)

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Jeremías 31, 7-9

Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»

SALMO
Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6
R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Hebreos 5, 1-6

Hermanos: Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios peca-dos, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, se gún el rito de Melqui-sedec.»

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: – «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: – «Hijo de Da-vid, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: – «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: – «Ánimo, levánta-te, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: – «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: – «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: – «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

COMENTARIO
Maestro, quiero recobrar la vista”

Una vez más, como muchas otras en los Evangelios, el propio Jesús enfatiza la importancia decisiva de la fe como condición indispensable para obtener la sa-nación que necesitamos.

La sanación obrada por Jesús en este relato del Evangelio tiene un significado espiritual que va más allá de la curación física. Meditemos sobre el sentido que puede tener para nosotros, tenien-do en cuenta también las otras lecturas de hoy [Jeremías 31, 7-9; Salmo 126 (125); Carta a los Hebreos 5, 1-6].

“Jesús, Hijo de David, ¡ten compasión de mí!”
El título “Hijo de David”, tiene un significado especial. En efecto, uno de los milagros anuncia-dos por los profetas del Antiguo Testamento como signos de la liberación que realizaría el Mesías prometido, descendiente del rey David, era el de hacer ver a los ciegos. Por eso en varias profe-cías, como la que nos presenta la primera lectura, los invidentes aparecen mencionados entre los beneficiarios de la acción salvadora de Dios, junto con las demás personas que tenían algún im-pedimento para emprender el camino hacia Jerusalén después de la liberación del destierro en Babilonia, cantada por el Salmo. En este sentido, Jesús se manifestaría en el Nuevo Testamento como quien “puede compadecerse de los ignorantes y los extraviados”, tal como se dice en la segunda lectura (Hebreos 5, 1-6).

Ahora bien, los ciegos a los que se refieren las profecías somos todos nosotros, por cuanto necesi-tamos que Dios nos ilumine liberándonos de la oscuridad espiritual, para que podamos reconocer el camino que nos lleva a la verdadera felicidad. Por eso también nosotros podemos suplicar, co-mo el ciego Bartimeo en la primera parte del relato: “Jesús, Hijo de David, ¡ten compasión de mí!”. El texto griego del Evangelio emplea la palabra eleyson, la misma que pasó al texto litúrgico de la Iglesia y que fue traducida al castellano como “ten piedad”.

“Ánimo, levántate; te está llamando”
Ante la súplica de Bartimeo, la segunda parte del relato nos muestra dos reacciones sucesivas de la gente.

La primera es de molestia por los gritos del ciego: “muchos lo reprendían para que se callara”.

La segunda, motivada por Jesús, es de solidaridad: “ánimo, levántate; te está llamando”.

Podemos aplicar a nuestra vida los siguientes cuatro aspectos en esta segunda parte del relato:

Primero, Jesús no llama directamente al ciego, sino les dice a sus discípulos que lo llamen. Para nosotros esto puede significar que Dios nos llama a través de personas que Él mismo pone en nuestra vida para animarnos y ayudarnos a levantar cuando lo necesitamos.

Segundo, este relato nos invita a preguntarnos si estamos dispuestos a reconocer y ayudar a nues-tros prójimos necesitados, animándolos a levantarse y cooperando para que reciban una ayuda efectiva.

Tercero, podemos tomar como hecha a cada uno de nosotros la invitación que animó al ciego a levantarse. Jesús nos llama para realizar en nosotros milagros que son posibles si tenemos fe en su poder sanador, y parte de esta fe es levantarnos y desprendernos de lo que nos estorba para acer-carnos a Él, como lo hizo Bartimeo cuando “tiró su capa”.

Cuarto, entonces podemos oír que Jesús nos dice: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y nosotros, reconociéndolo al igual que Bartimeo como el Maestro que puede hacernos ver el camino, pode-mos pedirle la recuperación de nuestro sentido de la vista espiritual, oscurecido por las tinieblas de nuestro egoísmo y nuestros afectos desordenados.

Recobró la vista y siguió a Jesús por el camino
En la tercera parte del relato del Evangelio, Jesús, después de devolverle la vista, le dice a Bartimeo:
“Puedes irte: por tu fe has sido sanado”.

Por una parte, ese “puedes irte” no significa una despedida, sino anda, ya puedes emprender el camino. Y Bartimeo comienza a seguir a Jesús en el camino hacia Jerusalén, signo de nuestro ca-mino hacia la felicidad, que debe pasar por la cruz para culminar en la resurrección.

Y por otra, una vez más, como muchas otras en los Evangelios, el propio Jesús enfatiza la importancia decisiva de la fe como condición indispensable para obtener la sanación que necesitamos.

Conclusión
Jesús está siempre dispuesto, si nos reconocemos necesitados de salvación, a liberarnos de la ceguera que nos impide identificar y emprender el camino hacia la verdadera felicidad, siguiéndolo a Él que va delante de nosotros y nos muestra ese camino, que no es otro que el camino del Amor. Por lo tanto, invocando la intercesión de María santísima y de todos los santos, dispongámonos con fe a ser sanados por Él de nuestra ceguera espiritual y a seguirlo como nuestro Maestro por el camino que Él nos muestra al abrirnos los ojos para reconocerlo en nuestra existencia, en cada uno de los acontecimientos de nuestra vida, especialmente, en los momentos de oscuridad.

Gabriel Jaime Pérez, SJ

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Marcos 10,46-52)
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

Sin negar el posible trasfondo histórico de la curación del ciego Bartimeo, lo que es obvio es que Marcos ha dado a esta escena un significado simbólico. Este varón enfermo es uno de los personajes secundarios del evangelio, materializa una correcta comprensión de lo que significa ser discípulo y un claro compromiso con ello.

Y esto, a diferencia de los discípulos. Jesús ha enseñado insistentemente a los Doce sobre su particular manera de entender su misión y mesianismo (desde la óptica del servicio y la renuncia al ejercicio del poder), pero con muy poco éxito. Los discípulos persisten en su ceguera, deslumbrados por su afán de éxito. La escena está justo antes de la entrada de Jesús en Jerusalén, lugar donde culminará su paradójica misión.

Este ciego reconoce que lo está, que es incapaz de ver, y desea curarse, hasta el punto de ser capaz de superar las dificultades que tiene para acceder a Jesús (“lo increpaban para que se callara”). Al inicio está “al borde del camino” pero, tras ser curado, sigue a Jesús “por el camino”.

Tanto el sustantivo “camino” como el verbo “seguir” son términos técnicos que tienen que ver con el discipulado. Bartimeo es un auténtico seguidor de Jesús porque está decidido a acompañar al maestro a Jerusalén, acogiendo la cruz.

Texto: Equipo Eucaristía.

PLEGARIA PARA LA SEMANA
Un Dios para tu hermano

Pedimos, Jesús, tu mirada para quedar perdonados. Tu mirada es compasiva y purificadora. Penetra hasta dentro, sanándolo todo con la medicina de tu amor. ¡Qué bien nos conoces y nos comprendes! Tu mirada se posa misericordiosamente sobre nosotros y los pecados ya ni se recuerdan, o se recuerdan para confesar tu nombre. Es una mirada que nos dice: Yo te amo, a pesar de todo, yo te amo. Es una mirada que lo viste todo de ternura. Porque el amor dignifica. Cuando uno se siente amado, ya ve como persona, y su vida se ilumina.

¿Quién, al ser objeto del amor de Dios, no se sentirá valioso e importante? Para que nuestros ojos se parezcan a los tuyos. Cuando tú nos miras, pones en nosotros ojos nuevos, ojos que empiezan a parecerse a los tuyos. “Te pareces a mí, porque yo te miro. Te pareces a mí, porque yo te amo”.

¿Sabéis por qué los ojos de María son misericordiosos? Porque se fueron así transformando de tanto mirar y de tanto ser mirada por Jesús. Todo el que es amado, contagia amor. Todo el que es mirado con misericordia, mirará con misericordia. Somos en gran parte lo que recibimos.

Por eso pedimos, Jesús, tu mirada, para parecernos a ti.

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