Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja Parroquial de Santa María de Majadahonda. Eucaristía del 10.10.2021. Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

INTRODUCCIÓN
“Anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres”

En el evangelio de este domingo Jesús nos ayuda a repensar cómo verificamos nuestra experiencia y relación con Dios. No basta con observar o cumplir sus “mandamientos”, no es preciso acumular. Esa es una perspecti-va que se queda corta. Hay que ir más allá, liberarnos del miedo y procu-rar amar al Amor que es fuente y criterio de nuestro estilo de vida. Y decir-lo poniendo la vida al servicio de lo que genera vida. Sobre todo, ahí donde esté más amenazada. Podemos compartir, repartir, pero sobre todo esta-mos llamados a “darnos”. Esa es la sabiduría de Jesús, sabiduría de la cruz.

Junto a ello también nos podemos centrar hoy no tanto en fijarnos en lo que nos “falta” como aquel joven rico, sino en reconocer lo que somos y tenemos y desde lo que podemos “dar-nos”. Para traer alegría, esperanza, ánimo, allí donde estamos y vivimos. Pero sin perder la conexión con todo lo que nos afecta desde cualquier parte del mundo. “Todo está conectado” recuerda el papa Francisco. En el viaje de la vida hay momentos en que hemos de desprendernos de lo que nos impida caminar más ligeros tras las huellas de Jesús.

Fray Xabier Gómez García O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino «Olivar» (Madrid)

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de la Sabiduría 7, 7 11

Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propu-se tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.

SALMO
Sal 89,12-13.14-15.16-17
R/. Sácianos de tu misericordia, Señor.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando?
Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Dános alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas. R/.

Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosostros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se divi-den alma y espíritu, coyunturas y tuétanos, juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 17-30

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testi-monio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.» Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.» Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.» A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaro-so, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!» Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.» Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» Jesús se les quedó mirando, y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.» Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

COMENTARIO
¿Qué tengo que hacer?

Desde que el hombre es hombre, ha experimentado la necesidad de ir más allá de una vida que parece terminarse con la muerte: la «vida eterna». Porque entonces: ¿Qué más da lo que uno consigue tener, o hacer en esta vida… si todo se acaba?.

Sin embargo parece que esta pregunta no inquieta hoy a la inmensa mayoría. Al menos formulada con las palabras que usa aquel hombre que se acerca a Jesús. ¡La vida eterna!. Ocupados con la vida diaria, atrapados por las cosas inmediatas, por tantas que es urgente hacer y llevar al día… que no hay lugar para esta pregunta, a no ser quizás, cuando la enfermedad nos pega algún mordisco, o cuando alguien cercano se nos va de este mundo. Dicen que esta pandemia, con todas sus terribles consecuencias ha reavivado la pregunta por la vocación religiosa entre los jóvenes…

Algunos pensadores modernos rechazaron explícitamente hacerse planteamientos más allá de esta vida: “Queremos el cielo aquí en la tierra; el otro cielo se lo dejamos a los ángeles y gorriones”. Y no pocos han hecho suya la máxima que centraba la película «El club de los poetas muertos»: «Vive el presente».

Lo cierto es que Jesús aprovecha y corrige aquella pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?», y habla más bien de «tener un tesoro en el cielo» o de «entrar en el Reino». Es decir: que Dios (el cielo) sea tu único tesoro. El Maestro intenta reorientar aquella mirada… nada de «heredar» o «ganarse» la otra vida, sino de llenar de sentido esta vida.

Aquel desconocido tenía su madurez, su capacidad de hacerse preguntas serias. Hay que reconocérselo. Lo que le plantea en el fondo a Jesús es: ¿Qué tengo que hacer para ser feliz?, ¿Cómo me puedo sentir satisfecho de mí mismo? ¿Qué tengo que hacer para que mi vida valga realmente la pena?. Porque a todas estas preguntas no había encontrado una salida válida.

Las respuestas habituales que nos ofrece nuestra sociedad apuntan a:

— Estudiar para tener un buen empleo, o ser competitivo, o poder volver a tener un trabajo; ganar «suficiente» dinero, comprarse un piso, un coche, hacer algún viaje… Lo de «suficiente» dinero es algo bastante difícil de especificar, por cierto.

— También el mundo afectivo: encontrar pareja, formar una familia, y estar acompañado de buenos amigos…

— Y también esa dimensión que se fija en uno mismo: cuidar la propia salud, tener buen aspecto exterior, la imagen que presentamos a los demás, hacer lo que me gusta…

— Algunas veces se propone también aprender a ser buena persona, tener unos principios éticos, algunas prácticas religiosas…

Todas estas cosas son buenas y necesarias…, ¡claro que sí! Pero ninguna de ellas, ni siquiera todas juntas, responden al deseo profundo de felicidad que tenemos. Ninguna de ellas, aun consiguiéndolas con mucho esfuerzo, nos garantiza la felicidad. Porque son todas tan frágiles: es frágil el empleo y la economía, es frágil la estabilidad familiar, es frágil mi salud, y son frágiles las personas en las que podemos apoyarnos y con las que caminamos cada día… porque un día pueden faltarnos.

Aquel buen hombre -Marcos no nos ha indicado que sea «joven»- era alguien «piadoso y devoto». Buena persona, podríamos decir. Honestamente reconocía que a pesar de todo lo que tenía y hacía… quedaba dentro de su corazón una poderosa inquietud. Lo que quizá no sabía es lo peligroso que es hacerle preguntas tan directas a Jesús.

Ya nos decía la segunda lectura que la Palabra de Dios es más tajante que espada de doble filo, que penetra hasta el fondo de la conciencia, hasta lo más recóndito del corazón, hasta los deseos más escondidos… y los pone en evidencia, los descoloca. No sólo cuando nuestra vida está «desnortada», o en pecado. También, y quizá más fuertemente, cuando parece que todo encaja perfectamente. Porque el Dios del amor, precisamente porque es amor, quiere que lleguemos más lejos, que crezcamos más, que no nos quedemos atrapados en la mediocridad, ni centrados en nosotros mismos. Y las palabras de Jesús le dan un tajo en lo más interior: penetran hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, y juzga los deseos e intenciones del corazón (2 Lectura).

El «Maestro Bueno» primero señala hacia los mandamientos: Allí está la voluntad del Dios Bueno. Para salvarse sería suficiente. Jesús no menciona los mandamientos referidos a la relación con Dios (los tres primeros, ¿por qué será?), sino sólo los que tienen que ver con los semejantes. Los cambia de su orden tradicional, y añade uno nuevo: «no estafarás». De cara a la vida eterna tiene prioridad el comportamiento con los hombres, tal como está formulado en estos mandamientos.

Aquel hombre debió sentirse orgulloso de sí mismo, porque todo eso lo había vivido desde pequeño. No es tan difícil cumplirlos: La gran mayoría de los hombres (y de los creyentes), los cumplen suficientemente. Pero eso es Moisés, el Antiguo Testamento. El discípulo de Jesús, el que quiere entrar en el Reino tiene aquí un punto de partida, el comienzo de «otra cosa» mucho mejor y más plena. Y Jesús le da una vuelta de tuerca con tres imperativos: vende, dale, sígueme. Es como si dijera: «Una cosa te falta»: «¿Por qué no dejas de estar centrado en los cumplimientos, en los mandamientos, en tu esfuerzo por ser «don perfecto», en «conseguir», alcanzar, heredar, tener…? Todo eso te hace sentirte muy satisfecho de ti mismo (la verdad es que no tanto, vista su inquietud), y sobre todo te pones a ti en el centro de todo. Pero no eres libre y no tienes lleno el corazón.

Después de una mirada de cariño le dice: «Vamos a mirar juntos a los demás, a los que sufren, a los pobres». «Vente conmigo y ponte a amar, pon a los demás en el centro de tus inquietudes y preocupaciones… y que Dios sea tu único tesoro». En definitiva esa fue la propia opción personal de Jesús y es su propuesta sincera.

Y el que se había puesto de rodillas delante de él… sale de la escena en silencio, con el rostro arrugado y pesaroso: ¡era muy rico! No estaba dispuesto a descentrarse de sí mismo, Dios no era su tesoro. Su tesoro era otro… que le tenía encadenado. ¿Sería eso lo que le puso triste? ¿Se sintió triste al pensar que llevaba toda la vida siendo buena gente…. al descubrir que estaba fallando… al primero de los mandamientos, estaba fallando al Dios Bueno, que no estaba «sobre todas las cosas» ¿Se fue triste al no poder sostener la mirada de cariño y complicidad que le había ofrecido el Maestro?

El caso es que renunció a comprobar que con Jesús la vida eterna y plena empieza a gozarse ya aquí, aunque sabía de sobra que «todo eso que tenía» no le servía para sentir que su vida merecía la pena.

A mí me gusta imaginar que aquel hombre impetuoso y «corredor»…. no aguantó la tristeza que apareció con tanta fuerza en su corazón, la tristeza de ver su «verdad»…, ¡bendita tristeza! Y que acabó dejando de mirarse el ombligo, sus cosas, su perfección, sus proyectos… ¡y acabó siendo un buen discípulo de Jesús! No nos lo cuentan lo evangelistas. Pero ¡hay tantas cosas que no nos contaron!. Quizá ésta sea una de ellas. Me gusta imaginarlo así… porque… a lo mejor me pasa a mí.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen inferior «El Evangelio en casa» y Goyo

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Marcos 10, 17-30)
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

La lectura evangélica de hoy comprende varias escenas. En primer lugar, un relato de vocación fallida. Estamos en un lugar bastante avanzado del evangelio. Jesús está en camino hacia Jerusalén, lugar de fracaso y muerte, e instruye a los suyos, con enormes dificultades, sobre este destino.

Jesús se encuentra con un judío fiel y con buenas intenciones, que desea vivir con una fidelidad mayor. Es, sin embargo, incapaz de dar el paso de abandonar sus bienes, ya que tenía muchas riquezas.

El relato es muy elocuente, ya que indica al lector que el discípulo puede fracasar; para evitarlo se requiere atención, cuidado y decisión. Sin embargo, Marcos indica enseguida que la realidad no es tan simple; no es blanca o negra, sin gris. Pedro saca pecho y desvela su parecer: ellos, los Doce, son distintos, han sido capaces de mucho más que el protagonista de la escena anterior.

Jesús, con la paciencia con que aparece en otras escenas del evangelio, se apresura a precisar: ciertamente, ellos han abandonado familia y bienes, y han recibido mucho más. Pero tienen que prepararse para recibir también persecuciones y aprender y aceptar la lógica del Reino, que es la lógica del servicio y de la minoridad, no la del poder y el honor.

Textos: Equipo Eucaristía.

Para la semana
PLEGARIA

Hermano y amigo Jesús:
Nos va bien escuchar con frecuencia esta invitación tuya de hoy. Es tu provocadora llamada a repensar nuestra viuda y revisarla en medio de tantos reclamos que nos piden decisiones vitales. Las hipotecas, los cambios de coches, la elección de vacaciones, el modelo de… el tipo de educación la aportación a los compromisos sociales, el plan de pensiones.

Mucho entretenimiento, mucho despiste, mucha evasión, porque no es fácil centrarse en lo importante que suele ser exigente. En nuestra vida, el trabajo absorbe mucha energía, la familia, también, y el resto tratamos de dedicarlo a cosas que no agobien, entre ellas, hasta podemos dedicar algún rato semanal a cultivar la relación con Dios. Pero no puede ser tanto como nos dicen los curas, que no entienden la cantidad de ocupaciones que nos llenan al día.

Sé comprensivo con nosotros y no nos despidas como al joven del evangelio de hoy. Sus negocios o tareas eran su mundo. Un mundo que no entiende de paradas, que exigen total dedicación porque quien se detiene queda rezagado. Haznos una religiosidad a nuestra medida en la que sea posible ponerte una vela a ti y otra luz que no se apague a nuestros valores materiales. Ya repartiremos una parte de los beneficios con alguna organización de las que se dedican a atender enfermos o pobres en tu nombre y en el nuestro. Sé un Dios adaptado a nuestras ocupaciones y haz que la Iglesia adapte también tu Evangelio a las exigencias de este mundo. De esta forma nos llevaríamos mejor. ¿Nos entiendes?

¡Sé comprensivo, Señor!

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