Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Hoja parroquial de Santa María. 3 de julio 2022. Domingo 14 del Tiempo Ordinario

INTRODUCCIÓN
Id a llevar la paz y anunciar el reino de Dios

El tema central de la liturgia de este domingo es la universalidad de la salvación de Cristo y de la misión de la Iglesia: “Como tu nombre, oh, Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra”. Igualmente se expresa en el Salmo: “Aclamad al Señor, tierra entera”. Este salmo es la respuesta a lo anunciado en la 1ª lectura: “Yo haré derivar hacia Jerusalén, como un río la paz”. Y el Evangelio nos presenta la plenitud de esta profecía, cuando Cristo, ungido porque la mies es mucha, envía a los setenta y dos discípulos a llevar la paz, a anunciar la llegada del reino de Dios. Esa paz que brota del sacrificio eucarístico correrá por nuestra asamblea antes de la comunión. Pidamos hoy al Señor que siga suscitando las vocaciones y carismas tan necesarios para seguir hoy evangelizando.

j.f.l.h.

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías 66, 10-14c

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes. Porque así dice el Señor: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados. Al verlo, se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos florecerán como un prado, se manifestará a sus siervos la mano del Señor».

SALMO RESPONSORIAL
Sal 65, 1-3a. 4-5. 16 y 20
R. Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». R/.

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. R/.

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente. R/.

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica,
ni me retiró su favor. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 6, 14-18

Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 10, 1-9

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”. Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad». Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

COMENTARIO
El Señor necesita enviarnos

Durante muchos siglos, la tarea evangelizadora, la acción misionera, la responsabilidad en las comunidades cristianas ha estado casi totalmente en manos de los que llamamos «pastores», del clero. O si acaso de algún laico bajo la supervisión total de algún ministro ordenado. Conocemos algunas pocas pero notables excepciones, generalmente en «tierra de misión». Así, la palabra «vocación» todavía es sinónimo -en la cabeza de muchos- de «vocación sacerdotal o religiosa».

La mentalidad de que la «misión» es cosa de todos los bautizados yo no sé decir en qué momento se perdió, porque en las primeras comunidades cristianas era algo inseparable del bautismo: ser anunciadores del Evangelio de Jesús. El Vaticano II, el Papa Pablo VI y otros han querido recuperar esta dimensión esencial de la Iglesia. Todo bautizado tiene un encargo, una tarea, una misión de Jesucristo. Y misión supone «ir», «salir de» para «llegar a», moverse, cambiar de sitio. Si mi ser cristiano, si mi relación personal y espiritual con el Señor, no me «descentra» y me lanza a los otros… es que es muy imperfecta o inmadura.

El Papa Benedicto XVI, por ejemplo, hablando a la Iglesia Latinoamericana, dijo:
“La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios, y recordar también a los fieles que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

Þ Por lo tanto, una primera llamada de hoy sería plantearnos la implicación, el compromiso, la responsabilidad de todos los que formamos cada comunidad cristiana en el anuncio del Evangelio.

Þ Pero la invitación y envío de Jesús afecta primeramente a la Gran Iglesia Universal y a cada pequeña comunidad cristiana. La comunidad parroquial, o cualquier comunidad cristiana debe ofrecer a los fieles el alimento de la fe e ir en busca de los alejados y extraños, realizando así la misión. Ninguna comunidad cristiana es fiel a su cometido si no es misionera: o es comunidad misionera o no es ni siquiera comunidad cristiana, pues se trata de dos dimensiones de la misma realidad, tal como es definida por el bautismo y los otros sacramentos. Este empeño misionero de cada comunidad reviste la máxima urgencia hoy que la misión, entendida como primer anuncio del Evangelio a los no-cristianos, pero también aplicable a las comunidades cristianas de antigua evangelización, y se presenta cada vez más como «misión entre nosotros». (Domund 1991)

Þ ¿Y cómo responder cada uno a esta llamada? Este envío misionero no se entiende como una invitación a ponerse a hablar de Jesucristo en cualquier sitio, como «mosqueteros defensores» de lo cristiano ante la gente que se mete con nosotros. Ni a ir por las casas «armados» con una Biblia y un crucifijo, a ver si convencemos a alguien con nuestros discursos y argumentos. Ni a publicar creativos (pocas veces) folletos de propaganda, o abrir blogs, o repartir estampas o catecismos o libros, o servirnos de las nuevas tecnologías para darnos a conocer, organizar campañas, etc etc. Puede que sea necesario, no lo sé. Y desconozco su eficacia.

Þ La misión que Jesús encomienda a sus 72 enviados en primer lugar es que «desbrocen» el camino, que preparen al personal para que Él puede llegar en el momento que sea. Por una parte, se trata de evitar el protagonismo, que se confunda al mensajero con el mensaje: es Cristo de quien hay que hablar. No de uno mismo, ni del propio grupo, ni siquiera de la Iglesia. Y por otra, se trata de «acciones» que hoy llamaríamos tareas de «humanización» (porque el Reino de Jesús va de esto):

Þ Es significativo que lo primero que han de hacer los enviados es «orar» al dueño de la mies (que es Jesucristo). No se apunta uno a esta tarea porque le apetece, le atrae o se le da bien. La iniciativa es de Dios que ha querido contar conmigo, para que vaya «en su nombre» y hable de él y no de mí mismo o de lo que a mí se me ocurra, o de mis «personales teologías»… Ha de ser al estilo del dueño de la mies, y en su nombre. Además, al ver que hay tanta mies y al orar al dueño de la mies… esa oración me tiene que cuestionar a mí mismo en primer lugar. Porque parte de la mies… «me toca a mí». No oramos sólo para que vayan otros. Y además oramos con otros, para que crezca el número de los obreros.

Þ Son enviados «de dos en dos». Las leyes de la época decían que para que un testimonio fuera válido hacían falta al menos dos personas. Es decir: que van enviados como testigos. Pero también es que el mensaje que portan es un mensaje de «comunidad» y de «comunión» y los «apóstoles» por libre no valen para este anuncio. Lo decía el Papa Benedicto: «en la evangelización no hay solistas». Y también: «cuando no hay «comunidad» cristiana que envía, acompaña y acoge… la evangelización es estéril».

Los recursos necesarios son muy sencillos: «ligeros de equipaje», sencillamente, humildemente. No usaremos los medios habituales de los «lobos» (los poderosos), sino que iremos como «corderos», «como el Cordero Jesús». Los mensajeros (su estilo de vida, su amistad y comunión personal y su testimonio conjunto) son el principal mensaje. Somos TESTIGOS.

Concluyendo:

Empecemos ya por el punto primero: Orar al dueño de la mies. ¡A ver qué (me) pasa!.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imágenes de José María Morillo

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Lc 10, 1-12. 17-20)
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO
Párroco de Santa María

Lucas, en el capítulo noveno, ha presentado un primer viaje de misión de los Doce por Galilea; ahora se mantiene el espíritu de la misión pero con importantes variantes. Ya no son los Doce, sino setenta y dos discípulos; este matiz hace referencia a Gn 10, para el que este número corresponde al de todos los pueblos de la tierra, La misión, según este texto de Lucas, se abre ya en vida de Jesús a los pueblos paganos. Aquí podemos adivinar la peculariedad de las comunidades lucanas, conformada en buena parte por conversos provenientes de la gentilidad.

Otra diferencia importante es que ya no estamos en Galilea, sino en una tierra indefinida, camino hacia Jerusalén; recordemos la sentencia que marca el tercer evangelio, cuando Jesús tomó la decisión  de ir a Jerusalén (Lc 9, 51). En este camino misionero destaca el saludo de la paz: el “shalom” bíblico no se entiende como una forma educada y convencional, sino como experiencia de salvación mesiánica; los misioneros son las manos y la boca del mismo Jesús en su extensión del Reino, por eso se verán sometidos a la persecución abierta, como corderos en medio de lobos. La misión pertenece a la Iglesia, de tal forma que sin ella la Iglesia no tiene razón de ser. Al final del texto reaparece la “alegría”, distintivo y santo y seña del discípulo misionero que atraviesa transversalmente el Evangelio de Lucas.

PLEGARIA
Paz, perdón, piedad

Paz en el cielo es el canto de los ángeles en la noche de Navidad. Paz es la petición de Jesús a sus primeros enviados. Paz es el saludo del Resucitado en el Cenáculo. Perdón es el corazón del Padre misericordioso de la parábola. Perdón y alegría van de la mano en el evangelio de Lucas. Perdón son las últimas palabras de Jesús en la cruz. Piedad es misericordia en compasión y ternura, fuente de consuelo. “Ten piedad, Señor”, gritan los ciegos del camino, y repetimos nosotros. Apiádate de mí, es la última oración del “buen ladrón” en la cruz. “Paz, perdón y piedad”, en humildad, proclaman los misioneros.

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