Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Esas peticiones «en nombre de Dios» para un mundo más humano

Los llamamientos de Francisco para fomentar un cambio en las «estructuras de pecado» que caracterizan al sistema actual.

Nueve «quiero pedir, en nombre de Dios» muy precisos, a los que se añaden otras dos peticiones igualmente precisas a gobiernos y líderes religiosos. El videomensaje que el Papa Francisco dirigió a los Movimientos Populares marca una etapa más en el compromiso de la Iglesia por impulsar un cambio de paradigma económico-financiero desde abajo a través de la valorización de las instancias populares, de los cuerpos intermedios, de los «descartados» por el sistema. Y esta vez el llamamiento es aún más radical, como si se tratara de una carrera contrarreloj para evitar el abismo: nuevas crisis aún más trágicas y una tercera guerra mundial.

El encuentro con los que él llama «poetas sociales», a los que el Papa ha incluido y escuchado desde el inicio de su pontificado, es la ocasión de un fuerte discurso a los poderosos del mundo y una llamada al compromiso de todos. Basándose en la Doctrina Social de la Iglesia, refiriéndose constantemente a ella y, en particular, a ese precioso Compendio encargado por Juan Pablo II, Francisco deja claro, una vez más y de forma inequívoca, que es ineludible un cambio en los actuales modelos socioeconómicos.

El Papa es consciente de las críticas que también se producen en el ámbito católico ante estas afirmaciones. Hay quienes dicen que sólo es necesario un cambio personal, y hay quienes consideran que ciertos objetivos son completamente inalcanzables porque no se puede cuestionar el sistema actual. Pero es precisamente a partir de la conciencia de la existencia de lo que el Papa Wojtyla definió en la encíclica Sollicitudo rei socialis como «estructuras de pecado» que Francisco vuelve a plantear de manera apremiante y oportuna el problema de volver a poner al hombre en el centro y no al dios dinero, alejándose de esa aceptación pasiva que hace decir: «no hay alternativa» y «este es el único sistema posible». Por lo tanto, hay estructuras de pecado, como demuestran veinte millones más de seres humanos afectados por el hambre y un número de muertes por hambre que superará a los muertos por Covid.

De esta conciencia surge el disruptivo «quiero pedir, en nombre de Dios». El Papa llega a pedir no sólo a los traficantes, sino también a los fabricantes de armas, que cesen totalmente sus actividades que fomentan la violencia y la guerra, que cuestan millones de vidas. Desde la liberalización de las patentes de las vacunas hasta el cese del expolio de los bosques y de los pueblos, desde el fin de la imposición de los monopolios sobre los alimentos hasta la limpieza de la web de las fake news y la captación de menores, pasando por el llamamiento al cese de las agresiones, los bloqueos y las sanciones unilaterales «contra cualquier país en cualquier parte del mundo», diciendo no al neocolonialismo y sí a la resolución de los conflictos en organismos multilaterales como las Naciones Unidas.

Francisco es consciente de la objeción de quienes tachan de «inalcanzables» estos objetivos, entre los que también ha incluido un salario universal y una reducción de la jornada laboral para permitir el acceso de más personas al mercado de trabajo. Pero, replica, «tienen la capacidad de ponernos en movimiento». Cuantas más personas sueñen juntas con este cambio y se comprometan con él, más podrá hacerse realidad el sueño. La tarea del Obispo de Roma concierne a todos, sin excluir a nadie. Para evitar el abismo.

ANDREA TORNIELLI

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