Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

El viaje de Francisco tras las huellas de Bernabé y Pablo

Las vidas de los dos apóstoles se entrelazan con las ciudades y los escenarios en el centro del 35º viaje apostólico a Chipre y Grecia, previsto del 2 al 6 de diciembre. Bernabé y Pablo viajaron juntos y predicaron el Evangelio. Su amistad, que también conoce momentos de contraste, se ve siempre reforzada por la fe en Cristo.

Ciudad del Vaticano, 29 de noviembre 2021.- La visita del Papa a los dos países mediterráneos recorre lugares que han estado marcados por otros viajes apostólicos: los de Juan Pablo II en 2001 a Grecia y Benedicto XVI en 2010 a Chipre. Pero también las realizadas en los orígenes del cristianismo y de la historia misionera por San Bernabé y San Pablo en estas tierras abrazadas por el mar y que se extienden entre Oriente y Occidente. Los dos apóstoles viajaron juntos. Y juntos predicaron el Evangelio.

San Bernabé
Bernabé, oriundo de Chipre y establecido posteriormente en Jerusalén, fue uno de los primeros en abrazar el cristianismo tras la resurrección de Jesús. La tradición -reportada por Eusebio de Cesarea, que se inspira en Clemente de Alejandría- lo cuenta también entre los 72 discípulos enviados por Jesús en misión de anunciar el Reino de Dios, y por tanto ya en el círculo de los seguidores de Cristo. Su verdadero nombre es José, pero le apodan Bernabé, que significa «hijo de la exhortación» (Hch 4:36) o “hijo del consuelo” Este nombre inspiró el lema del viaje apostólico del Papa Francisco a Chipre: «Consuélanos en la fe». Bernabé exhorta y consuela y con gran generosidad vende un campo de su propiedad. A continuación, entrega la suma recaudada a los apóstoles para las necesidades de la Iglesia.

San Bernabé

Dos apóstoles en misión
Bernabé es uno de los miembros más autorizados de la primera comunidad cristiana.

Él -recordó el Papa emérito Benedicto XVI en la audiencia general del 31 de enero de 2007- Se hizo garante de la conversión de Saulo ante la comunidad cristiana de Jerusalén, que todavía desconfiaba de su antiguo perseguidor (cf. Hch 9, 27). Enviado a Antioquía de Siria, fue a buscar a Pablo, en Tarso, donde se había retirado, y con él pasó un año entero, dedicándose a la evangelización de esa importante ciudad, en cuya Iglesia Bernabé era conocido como profeta y doctor (cf. Hch 13, 1). Así, Bernabé, en el momento de las primeras conversiones de los paganos, comprendió que había llegado la hora de Saulo, el cual se había retirado a Tarso, su ciudad. Fue a buscarlo allí. En ese momento importante, en cierta forma, devolvió a Pablo a la Iglesia; en este sentido, le entregó una vez más al Apóstol de las gentes. La Iglesia de Antioquía envió a Bernabé en misión, junto a Pablo, realizando lo que se suele llamar el primer viaje misionero del Apóstol. En realidad, fue un viaje misionero de Bernabé, pues él era el verdadero responsable, al que Pablo se sumó como colaborador”.

En ese primer viaje los dos Apóstoles llegaron a zonas de Chipre y del centro-sur de Anatolia, en la actual Turquía, para anunciar la Resurrección del Señor.

Santos, pero hombres como nosotros
Incluso los caminos de la santidad pueden estar marcados por momentos de fricción. Benedicto XVI recordó en la Audiencia General del 31 de enero de 2007:
Los dos, Pablo y Bernabé, se enfrentaron más tarde, al inicio del segundo viaje misionero, porque Bernabé quería tomar como compañero a Juan Marcos, mientras que Pablo no quería, dado que el joven se había separado de ellos durante el viaje anterior (cf. Hch 13, 13; 15, 36-40). Por tanto, también entre los santos existen contrastes, discordias, controversias. Esto me parece muy consolador, pues vemos que los santos no «han caído del cielo». Son hombres como nosotros, incluso con problemas complicados. La santidad no consiste en no equivocarse o no pecar nunca. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de perdón.

«En las últimas cartas de san Pablo, a Filemón y en la segunda a Timoteo, Marcos aparece precisamente como ‘mi colaborador'» – añadió el Papa emérito, que explicó: «Por consiguiente, lo que nos hace santos no es el no habernos equivocado nunca, sino la capacidad de perdón y reconciliación. Y todos podemos aprender este camino de santidad».

San Pablo
Judío de Tarso, en la actual Turquía, Saulo es un ciudadano romano. En los Hechos de los Apóstoles, Saulo es descrito como un perseguidor de cristianos. Pero en el camino a Damasco, lo envuelve una luz. Cayendo al suelo, oye una voz que le dice: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Él respondió: «¿Quién eres tú, Señor?». Y dijo: ‘Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pablo se convirtió y se bautizó. En Jerusalén, se encontró con Pedro y los demás apóstoles, que al principio se mostraron recelosos. Su garante fue Bernabé, que disipó todas las dudas. Pablo fue entonces acogido por la comunidad cristiana de Jerusalén. Bernabé le convenció para que se fuera a predicar el Evangelio.

San Pablo

Pablo y Bernabé llegaron juntos a Antioquía. Durante el primer viaje apostólico, también desembarcaron juntos en Chipre, en varias ciudades de Anatolia y luego de nuevo en Antioquía y Jerusalén. En el segundo viaje, Pablo se dirigió al sur de Galacia y luego a Macedonia y Grecia. Permaneció en Corinto durante más de un año. En el tercer viaje, Pablo permaneció tres años en Éfeso y luego llegó a Macedonia, Corinto y otros lugares. En sus viajes, Pablo abrió nuevos caminos al Evangelio. En Atenas, en particular, pronunció un famoso discurso.

El discurso en el Areópago
Durante su segundo viaje apostólico, Pablo fue a Atenas, cuna de la civilización y del pensamiento filosófico. Subió a la colina del Areópago, situada entre la Acrópolis y el ágora. En este lugar, donde los atenienses se reunían y debatían, el Apóstol habló del Evangelio. Habló de Dios a los paganos. Su discurso, como dijo San Juan Pablo II, es «un modelo de inculturación». El encuentro entre el mensaje cristiano y el mundo griego no parece dar inicialmente ningún fruto.

Cuando oyeron hablar de resurrección de muertos, unos lo tomaron a burla. Y otros dijeron:— ¡Ya nos hablarás de ese tema en otra ocasión! Así que Pablo abandonó la reunión. Sin embargo, hubo quienes se unieron a él y abrazaron la fe; entre ellos, Dionisio, que era miembro del Areópago; una mujer llamada Dámaris y algunos otros.

El discurso del Apóstol de las gentes entra en la trama de la historia. Desde Grecia, gracias también a esos primeros pasos para evangelizar a los paganos, el cristianismo llegó a Europa.

Vatican News
Imagen: San Pablo y san Bernabé

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