Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

El Papa en la catequesis: aprendamos a invocar al Espíritu Santo

«Espíritu Santo, Ven»: debemos confiar que el Espíritu siempre viene a ayudar en nuestra debilidad y nos concede el apoyo que necesitamos. ¡Por tanto, aprendamos a invocar más a menudo al Espíritu Santo! Palabras del Papa en la catequesis de este miércoles 10 de noviembre, la última sobre la Carta de San Pablo a los Gálatas. El pontífice recomendó que en los momentos difíciles, como los apóstoles en la tempestad, «despertemos a Jesús que duerme». «¡Despierta a Cristo, despierta tu fe!».

Ciudad del Vaticano, 10 de noviembre 2021.- “No nos dejemos tomar por el cansancio”. En la última catequesis del Papa Francisco sobre la Carta de San Pablo a los Gálatas, el pontífice reflexionó sobre la fuerza del Espíritu del Apóstol, que, encontrando a Cristo Resucitado, transformó toda su vida. A lo largo de la Carta el apóstol “nos ha hablado como evangelizador, como teólogo y como pastor”, dijo el Papa. Y “podemos decir que el apóstol Pablo ha sido capaz de dar voz” al silencio de Dios. San Pablo, “verdadero teólogo” que contempló el misterio de Cristo “fue capaz de ejercer su misión pastoral hacia una comunidad perdida y confundida”, con “métodos diferentes”: “usó de vez en cuando la ironía, el rigor, la mansedumbre… Reclamó su propia autoridad de apóstol, pero al mismo tiempo no escondió la debilidad de su carácter”.

“En su corazón la fuerza del Espíritu realmente escavó: el encuentro con Cristo Resucitado conquistó y transformó toda su vida, y la dedicó íntegramente al servicio del Evangelio. Este es Pablo.”
El apóstol que defendió “la libertad llevada por Cristo con una pasión que todavía hoy conmueve”, “estaba convencido de haber recibido una llamada a la que solo él podía responder”; y quiso explicar a los cristianos de Galacia “que también ellos estaban llamados a esa libertad, que les liberaba de toda forma de esclavitud, porque les hacía herederos de la promesa antigua y, en Cristo, hijos de Dios”.
“Él era consciente de los riesgos que comporta la libertad cristiana, pero él no minimizó las consecuencias. Reiteró con parresia, es decir, con coraje a los creyentes que la libertad no equivale en absoluto a libertinaje, ni conduce a formas de presuntuosa autosuficiencia. Al contrario, Pablo ha puesto la libertad en la sombra del amor y ha establecido su coherente ejercicio en el servicio de la caridad.”

Haciendo presente una definición de los cristianos en las Escrituras, que dice que los cristianos “no somos personas que retroceden, que se vuelven atrás”, y la tentación a la que estamos expuestos de “ir hacia atrás para estar más seguros”, Francisco destacó la enseñanza de Pablo: que “la verdadera Ley tiene su plenitud en esta vida del Espíritu que nos ha dado Jesús”, y que “esta vida del Espíritu sólo puede vivirse en libertad”:
“La libertad cristiana. Y esta es una de las cosas más hermosas. Más bellas.”

Así, al finalizar este itinerario de catequesis Francisco estimó que “puede nacer en nosotros una doble actitud”. Por un lado el “entusiasmo”, sintiéndonos “impulsados a seguir en seguida el camino de la libertad,” a “caminar según el Espíritu”. Y por otro lado, la consciencia de nuestros proprios límites “porque tocamos con la mano cada día lo difícil que es ser dóciles al Espíritu”.

En este último caso, advirtió Francisco, puede “surgir el cansancio que frena el entusiasmo”: nos sentimos desanimados, débiles, a veces marginados respecto al estilo de vida según la mentalidad mundana. San Agustín – prosiguió el Papa – nos sugiere cómo reaccionar en esta situación, refiriéndose al episodio evangélico de la tormenta en el lago:
“«La fe en Cristo en tu corazón es como Cristo presente en la nave. Escuchas insultos, te fatigas, te turbas: Cristo está dormido. ¡Despierta a Cristo, despierta tu fe! Algo puedes hacer, al menos cuando estés turbado: ¡despierta tu fe! Despierte Cristo y te diga… Despierta, pues, a Cristo… Cree lo dicho y se producirá en tu corazón una gran bonanza» (Sermones 163/B 6).”

En tiempos de dificultad, pues, hay que, como los apóstoles en la tempestad “despertar a Cristo que está dormido”. “Despertar a Cristo en nuestro corazón” porque así “podremos contemplar con su mirada”, puesto que Él “ve más allá de la tormenta”:
“A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar.”

“En este camino exigente pero fascinante, el Apóstol nos recuerda que no podemos permitirnos ningún cansancio en el hacer el bien”, continuó el Papa, animando a no cansarse de “hacer el bien”. Y en toda nuestra vida “debemos confiar que el Espíritu siempre viene a ayudar en nuestra debilidad y nos concede el apoyo que necesitamos”.

“¡Por tanto, aprendamos a invocar más a menudo al Espíritu Santo! «Y Padre, ¿cómo se invoca al Espíritu Santo? Porque sé rezar al Padre, con el Padre Nuestro; sé rezar a la Virgen con el Ave María; sé rezar a Jesús con la Oración de las Llagas, pero al Espíritu… ¿Cuál es la oración del Espíritu Santo?» La oración al Espíritu Santo es espontánea: debe nacer de tu corazón. Debes pedir en los momentos de dificultad: «Espíritu Santo, ven. La palabra clave es esta: venir. Ven. Pero debes decirlo con tu lenguaje, con tus palabras. Ven porque estoy en dificultades, ven porque estoy en la oscuridad, en las tinieblas; ven porque no sé qué hacer; ven porque estoy a punto de caer. Ven. Ven. Es la palabra del Espíritu. Llama al Espíritu. Aprendamos a invocar al Espíritu Santo más a menudo.”

Con palabras “sencillas”, en distintos momentos del día, se puede decir la oración que la Iglesia recita en Pentecostés: «Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido. Luz que penetras las almas, fuente del mayor consuelo…».

Pero – enseñó Francisco – si no tuvieras la oración o no la encontraras, el núcleo de la oración es «ven», como rezaron la Virgen y los apóstoles en los días en que Jesús ascendió al cielo, estaban solos en el Cenáculo pidiendo: «Ven, que venga el Espíritu».
“Nos hará bien rezarla a menudo. Ven, Espíritu Santo. Y con la presencia del Espíritu salvaguardamos la libertad. Seremos libres, cristianos libres, no apegados al pasado en el feo sentido de la palabra, no encadenados a las prácticas. La libertad cristiana, que nos hace madurar.”

Nos ayudará esta oración – concluyó asegurando el Santo Padre – a caminar en el Espíritu, en la libertad y en la alegría, porque cuando viene el Espíritu Santo viene la alegría, la verdadera alegría. “Que el Señor los bendiga”.

Vatican News

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