Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

El Papa a la Rota Romana: nunca falte la escucha y el corazón pastoral

En su discurso con motivo de la inauguración del Año Judicial, Francisco subrayó que en el trabajo de este Tribunal nunca debe faltar «la comprensión hacia las personas que sufren el fracaso de su vida matrimonial».

Ciudad del Vaticano, 27 de enero 2022.- El camino sinodal que la Iglesia está experimentando actualmente se desarrolla a través de rasgos distintivos que también caracterizan las distintas etapas de un proceso. El Papa Francisco encauza a lo largo de esta simetría el discurso dirigido a los prelados auditores de la Rota Romana que anima a «continuar con fidelidad y renovada laboriosidad el ministerio eclesial al servicio de la justicia, inseparable de la verdad y, en definitiva, de la salus animarum». «Un trabajo -añade el Pontífice- que manifiesta el rostro misericordioso de la Iglesia: un rostro maternal que se inclina sobre cada fiel para ayudarle a hacer la verdad sobre sí mismo, levantándole de sus derrotas y fatigas e invitándole a vivir plenamente la belleza del Evangelio». En particular, en este año dedicado a la familia, el encuentro con los miembros de la Rota Romana es «una oportunidad para reflexionar sobre la sinodalidad en los procesos de nulidad matrimonial». El trabajo sinodal, explica el Pontífice, no tiene una dimensión estrictamente procesal, sino que «debe ponerse en diálogo con la actividad judicial, para favorecer un replanteamiento más general de la importancia que la experiencia del proceso canónico tiene para la vida de los fieles que han experimentado un fracaso matrimonial».

Caminar juntos
El Papa insta a preguntarse en qué sentido la administración de justicia necesita un espíritu sinodal.

En primer lugar, la sinodalidad implica caminar juntos. Superando una visión distorsionada de las causas matrimoniales, como si en ellas se afirmasen meros intereses subjetivos, hay que redescubrir que todos los participantes en el proceso están llamados a contribuir al mismo objetivo, el de iluminar la verdad sobre una unión concreta entre un hombre y una mujer, llegando a una conclusión sobre si existe o no un verdadero matrimonio entre ellos.

Favorecer el perdón y la reconciliación entre los cónyuges
La visión de caminar juntos hacia un fin común «no es nueva en la comprensión eclesial de estos procesos». «Pío XII -recuerda el Pontífice- delineó la tarea de cada participante en el proceso en términos de búsqueda de la verdad, manteniendo cada uno la fidelidad al propio rol. Esta verdad, si se ama de verdad, se vuelve liberadora». El Papa Francisco subraya que «ya en la fase preliminar, cuando los fieles se encuentran en dificultades y buscan ayuda pastoral, no puede faltar el esfuerzo por descubrir la verdad de su unión, requisito indispensable para la curación de las heridas».

En este contexto se comprende cuán importante es el compromiso para favorecer el perdón y la reconciliación entre los cónyuges, y también para validar un matrimonio nulo cuando esto es posible y prudente. De este modo, también se entiende que la declaración de nulidad no debe presentarse como si fuera el único objetivo a alcanzar ante una crisis matrimonial, o como si fuera un derecho al margen de los hechos. Al presentar la posibilidad de nulidad, es necesario hacer reflexionar a los fieles sobre los motivos que les llevan a pedir la declaración de nulidad del consenso matrimonial, favoreciendo así una actitud de aceptación de la sentencia definitiva, aunque no se corresponda con sus propias convicciones.

No encerrarse en perspectivas subjetivas
Si se respeta esta visión del caminar juntos, observa el Papa, «los procesos de nulidad son expresión de un efectivo acompañamiento pastoral de los fieles en sus crisis matrimoniales». Esto significa «ponerse a la escucha del Espíritu Santo que habla en la historia concreta de las personas». La búsqueda compartida de la verdad, afirma el Santo Padre, «debe caracterizar cada etapa del proceso judicial».

Es cierto que en el juicio se produce a veces una dialéctica entre tesis contrapuestas; sin embargo, el proceso de confrontación entre las partes debe desarrollarse siempre con una adhesión sincera a lo que parece ser verdadero para cada uno, sin cerrarse en la propia visión, sino estando también abiertos a la aportación de los demás participantes en el proceso. La disponibilidad para ofrecer la propia versión subjetiva de los hechos se hace fructífera en el contexto de una adecuada comunicación con los demás, que también puede llegar a la autocrítica. Por lo tanto, cualquier alteración o manipulación deliberada de los hechos para lograr un resultado pragmáticamente deseado es inadmisible.

Sin este enfoque basado en la escucha atenta y el examen objetivo, «incluso los abogados -añade Francisco dejando el discurso de lado- pueden hacer un daño terrible», recordando el episodio, no relacionado con una sentencia de la Rota, sino con el caso de un sacerdote culpable a nivel disciplinario, en el que un juez había llamado a un obispo diciéndole que iba a dictar una sentencia como se le había indicado. «Esto no es una negociación que se hace», afirma el Papa, subrayando que el hecho de caminar juntos en el juicio «se aplica a las partes y a sus patrocinadores, a los testigos llamados a declarar la verdad, a los peritos que deben poner sus conocimientos al servicio del proceso, y también de manera singular a los jueces».

Hay que aprender a escuchar
El Papa subraya que «la administración de la justicia en la Iglesia es una manifestación de la cura de las almas, que requiere una solicitud pastoral para ser servidores de la verdad salvífica y de la misericordia». «La sinodalidad en los procesos implica un ejercicio constante de escucha».

También en este ámbito hay que aprender a escuchar, que no es simplemente oír. Es decir, hay que comprender la visión y las razones del otro, casi identificándose con él. Al igual que en otros ámbitos de la pastoral, también en la actividad judicial es necesario favorecer la cultura de la escucha, requisito previo a la cultura del encuentro. Por ello, las respuestas estándar a los problemas concretos de las personas son perjudiciales. Cada persona, con su experiencia, a menudo marcada por el dolor, constituye para el juez eclesiástico la «periferia existencial» concreta desde la que debe moverse toda acción pastoral judicial.

La ley está al servicio de la verdad
El proceso también requiere «una escucha atenta de lo que argumentan y demuestran las partes». La investigación preliminar, destinada a verificar los hechos, es particularmente importante: esto, asegura el Santo Padre, requiere tiempo, paciencia y paternidad pastoral. «Los jueces -explica el Papa- deben ser auditores por excelencia de todo lo que ha surgido en el proceso a favor y en contra de la declaración de nulidad. Están obligados a ello en virtud de un deber de justicia, animado y sostenido por la caridad pastoral».

En este sentido, en vuestra acción como ministros del tribunal nunca debe faltar un corazón pastoral, el espíritu de caridad y comprensión hacia las personas que sufren el fracaso de su vida matrimonial. Para adquirir tal estilo, es necesario evitar el callejón sin salida del juridicismo, es decir, de una visión autorreferencial del derecho. La ley y el juicio están siempre al servicio de la verdad, la justicia y la virtud evangélica de la caridad.

Que la sentencia sea fruto de un atento discernimiento
Otro aspecto de la sinodalidad de los procesos es el discernimiento. «Es un discernimiento que se basa -dice el Papa- en el caminar juntos y en la escucha, y que permite leer la situación matrimonial concreta a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia». «La decisión de los jueces parece, pues, un descenso a la realidad de un hecho vital, para descubrir en él la existencia o no de ese hecho irrevocable que es el consentimiento válido en el que se basa el matrimonio».

El resultado de este camino es la sentencia, fruto de un cuidadoso discernimiento que conduce a una palabra autorizada de la verdad sobre la experiencia personal, destacando así los caminos que pueden abrirse a partir de ahí. Por tanto, la frase debe ser comprensible para las personas implicadas: sólo así se convertirá en un momento de especial relevancia en su camino humano y cristiano.

Con la sentencia, por tanto, finaliza el proceso, un camino que, como el sinodal, debe ir siempre acompañado de la escucha y la búsqueda de la verdad.

Amedeo Lomonaco
Imagen: Inauguración del Año Judicial
del Tribunal de la Rota Romana
(Foto: Vatican Media))

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