Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Carta semanal del cardenal arzobispo de Madrid: «Familias, en vacaciones no olvidéis la Eucaristía»

¡Cuántas veces hemos escuchado que la Iglesia vive de la Eucaristía! En el fondo esta verdad es tan profunda, es tan grande, que encierra en sí lo que somos como Iglesia, encierra el misterio de la Iglesia. En este misterio nos entendemos, nos descubrimos en lo que somos y en aquello que tenemos que llegar a vivir.

¿Por qué os hablo de la Eucaristía cuando muchos tomáis vacaciones, buscando unos días en familia? Porque es bueno que, como familia cristiana, como Iglesia doméstica, descubráis lo que sois, precisamente celebrando juntos la fuerza y la belleza que engendra la Eucaristía vivida por todos los miembros de una familia.

Las vacaciones son días de descanso, es verdad, pero también son días para serenarse y descubrir esto que os digo. Hay unas palabras del Evangelio de san Mateo que hemos escuchado muchas veces y es bueno recordar; me refiero a aquella promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Es bueno que, en momentos de descanso, la familia cristiana viva y se descubra Iglesia doméstica, en la que se expresa el amor mutuo de todos los miembros. ¿Y dónde descubrirlo mejor que en la Eucaristía?

El Concilio Vaticano II nos recuerda que la Eucaristía es la fuente y la cima de toda la vida cristiana. Es Cristo quien se hace presente, es nuestra Pascua, es el Pan de la Vida, es quien nos da vida a todos. Y en la Iglesia doméstica, en la familia, ¡qué bueno es saber dirigirnos a nuestro Señor presente en la Eucaristía! En ella descubrimos la manifestación más bella y plena de ese amor inmenso del Señor por todos los hombres. Una familia cristiana no debe perder la sabiduría de ir juntos todos los domingos a vivir ese momento trascendental y único, en el que el Señor se hace presente entre nosotros para que tengamos vida, para que rehagamos la fraternidad, para que descubramos que estamos para vivir los unos por los otros… Se trata de regalar el amor mismo de Dios, que se hace presente entre nosotros para que vivamos de Él, con Él y por Él.

Es grave que la familia pierda esta condición de Iglesia doméstica. Personalmente tengo el recuerdo de ir el domingo con mis padres y hermanos, todos juntos, a celebrar la Santa Misa. Hacen falta familias que se sepan y se sientan Iglesia doméstica, que se reúnan para celebrar la Eucaristía con otras muchas familias y fieles y que, cuando el sacerdote diga: «Este es el misterio de nuestra fe», respondan con fuerza «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ¡ven Señor Jesús!». ¡Qué compromiso asumen todos los miembros de la familia para vivirlo después en casa y en su día a día, en todas sus relaciones! El Hijo de Dios entre nosotros quiere reconducir todo, desea hacernos ver y vivir lo que es el mundo nacido de las manos de Dios cuando lo acogemos. Es de Quien vivimos y a Quien deseamos regalar a los demás, mostrando su amor.

Descubramos la fuerza que tiene la celebración de la Eucaristía, descubramos su valor sacrificial y su fuerza para reconstruir la fraternidad. A mí personalmente me impresionan las palabras de Jesús en la institución de la Eucaristía, cuando no se limitó a decir «este es mi Cuerpo», «esta copa la Nueva Alianza en mi sangre», sino que añade «entregado por vosotros», «derramada por vosotros» (cfr. Lc 22, 19-20). No solamente nos da el Señor de comer su Cuerpo y su Sangre, sino que nos regala el valor sacrificial. Hace presente de modo sacramental su sacrificio, que cumplirá en la cruz poco después de celebrar la institución de la Eucaristía. Me agradaría que llegaseis a ver las familias que «la Misa es a la vez memorial sacrificial, perpetúa el sacrificio de la cruz, y es el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor», tal como nos recuerda la Iglesia (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1382).

Cuando os reunáis como familia a celebrar la Eucaristía, no olvidéis que la Eucaristía es sacrificio en sentido propio; nos regala el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida, es don a su Padre y es don a favor nuestro, es más, es un don a toda la humanidad. ¿Os dais cuenta de lo que supone vivir de la Eucaristía? Como señala el propio Jesús, «en verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6, 53). Quien se alimenta de la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna; la posee ya.

Muchos son los problemas que están oscureciendo el horizonte de nuestro tiempo y los retos que afrontamos: la paz, las condiciones sólidas de la justicia y la solidaridad, la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su término natural, la naturaleza de la familia cristiana… Por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía; transforma la vida, nuestras relaciones, nuestros compromisos a la hora de construir el mundo. ¡Familia cristiana, celebra la Eucaristía, te construye y te da la originalidad y la felicidad!

Con gran afecto, os bendice,
+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

14 de julio 2022

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