Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Carta semanal del cardenal arzobispo de Madrid: «El discípulo misionero tiene la vida de Cristo»

Acabamos de celebrar el Domund y, hace pocos días en el Evangelio, escuchamos de nuevo la pregunta que Jesús hace a Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Jesús lanza la pregunta a alguien que no ve y está inmóvil, que está paralizado por su ceguera y no puede seguirlo, y nos la hace a nosotros también.

Alcanza nuestro corazón: es Dios mismo interesándose por nosotros, por ti y por mí. Bartimeo no veía, pero podía escuchar el paso de Jesús, como nos puede suceder a cada uno de nosotros. Por eso, gritó: «Jesús ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo a quienes lo acompañaban: «Llamadlo». Cuando el ciego oyó ese «¿qué quieres que haga por ti?», la respuesta fue inmediata: «Maestro, que recobre la vista». Este deseo lo tenemos todos los hombres: queremos vivir plenamente la vida y que esta tenga sentido, queremos experimentar la alegría de vivir. Qué importante es saber que Dios se preocupa por nosotros. Tenemos máxima importancia: Dios se hizo Hombre por nosotros; nos quiere, tiene interés por nosotros, nos ama con entrañas de misericordia.

En lo más profundo de nuestra existencia, todos tenemos ese deseo de felicidad y queremos hacer felices a quienes tenemos a nuestro lado. Es Jesucristo quien puede responder a ese deseo que anida en todo corazón, quien puede dar sentido y alegría. Esta experiencia de cercanía de Jesucristo nos transforma y, como ocurrió con Bartimeo, nos lanza a seguirlo. En este momento de la historia, cuando tantas incertidumbres anidan en el corazón del ser humano en todas las latitudes de la tierra, cuando aparecen de mil maneras cansancios, sinsentidos y agobios, puede surgir la pregunta que hizo Tomás a Jesús: «¿Cómo vamos a saber el camino?». Y hoy, como siempre, nos dice Jesús con toda su fuerza: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Cfr. Jn 14, 5-7). ¡Qué paso importante hay que dar! El paso que dio Bartimeo, quien creyó en el Señor. Hay que tener fe en Él, la que tuvo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Anunciemos a Jesucristo.

Todos los discípulos de Cristo hemos de tener y vivir la alegría de anunciar el Evangelio. Hemos de ser discípulos misioneros; hemos de saber contar con nuestra vida y con nuestro testimonio lo que hemos visto y oído. ¿Por qué? Porque Jesús se acerca a nuestra vida y nos dice con un inmenso amor: «¿Qué quieres que haga por ti?»; Él es verdadero Dios y el verdadero Hombre, que nos ha mostrado con su vida el amor entrañable de Dios a todos los hombres sin excepción. Nos ha dado pruebas evidentes de este amor; basta contemplar su vida de entrega absoluta a favor de todos, que se consuma con su muerte y resurrección. ¿Queremos saber quién y cómo es el evangelizador? Acerquémonos y contemplemos al Señor, pues Él es el primer y más grande evangelizador, es el Evangelio de Dios. Discípulo de Jesús es aquel que cree y anuncia esa Buena Noticia que es Jesús mismo. Cree y anuncia. No podemos separar estás dos palabras. Por ello siempre tenemos la invitación a escuchar a Jesús, que es el verdadero Maestro.

Los cristianos, ¿nos hemos dado cuenta de que somos misioneros? ¿Somos conscientes de que hemos de proclamar el Evangelio de Cristo? ¿Qué supone esa proclamación? Entre otras cosas, hay que mostrar con la vida y el testimonio la dignidad humana: Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha hecho libres y con derechos y deberes en medio de toda la creación. Hay que experimentar que somos hijos de Dios y hermanos de los demás y, por ello, nos asociamos para trabajar por el perfeccionamiento del mundo. Somos defensores de la dignidad del ser humano, protegiendo, cultivando y promoviendo siempre esa dignidad, y defensores de la vida, pues Cristo nos asoció a su Vida. También hemos de saber noticiar, entre otras cosas, qué son la familia, el trabajo, la ciencia, la solidaridad y el cuidado con la creación.

En este sentido, como recuerda el Papa Francisco en la exhortación Amoris laetitia –que ahora cumple cinco años–, la familia es patrimonio de la humanidad, es un tesoro, es escuela de fe donde aprendemos a vivir los verdaderos valores humanos, es hogar, con todo lo que esto significa, que acoge con generosidad y responsabilidad la vida humana desde que uno nace. Contemplemos a Dios viniendo a este mundo: «Dios que es amor y vive en sí mismo un misterio personal de amor», en palabras del Papa san Juan Pablo II, optó por vivir en familia en medio de nosotros y por eso la familia es Iglesia doméstica. Es en la familia donde, de corazón a corazón, se van transmitiendo y descubriendo los motivos y el camino que hemos de hacer para pertenecer a la gran familia de los hijos de Dios y ser noticia de Jesucristo para todos los hombres.

Hemos sido enviados para anunciar el Evangelio. Somos misioneros porque el Señor nos dio un encargo que nunca podemos olvidar, el de «anunciar el Evangelio a todas las naciones» (cfr. Mt 28, 19 y Lc 24, 46-48). A todos los cristianos, Jesús nos hace partícipes de su misión y nos vincula como amigos y hermanos. Esta tarea no es opcional, sino que forma parte de nuestra identidad cristiana. Se trata de compartir la experiencia del encuentro con Cristo, dando testimonio y anunciándolo como lo hicieron los primeros (cfr. Hch 1, 8). Convéncete de esto: sin Cristo no hay luz ni esperanza, ni amor, ni presente, ni futuro. Encuéntrate con el Señor y cuenta lo que has visto y oído.

Con mi bendición,
+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

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