Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. Corintios 2 4:6

Cardenal Raniero Cantalamessa: Redescubrir el asombro eucarístico

Las reflexiones cuaresmales tendrán como objeto la Eucaristía en su etapa actual, es decir, como sacramento. Lo anunció en su primera predicación de Cuaresma el Cardenal Raniero Cantalamessa OFMCAP, Predicador de la Casa Pontificia, que dedicará las reflexiones de esta Cuaresma a un reexamen del misterio eucarístico.

Ciudad del Vaticano, 11 de marzo 2022.- “Redescubrir el asombro eucarístico” es el objetivo de las predicaciones de Cuaresma del Cardenal Raniero Cantalamessa. Este viernes 11 de marzo, a las nueve de la mañana en el Aula Pablo VI del Vaticano y ante los miembros de la Curia Romana, el Predicador de la Casa Pontificia propuso una catequesis mistagógica sobre la eucaristía para las reflexiones cuaresmales, que tendrán como objeto la Eucaristía en su etapa actual, es decir, como sacramento. Mistagógica porque su objetivo, en la Iglesia antigua, era revelar a los neófitos el significado de los ritos celebrados y las profundidades de los misterios de la fe: bautismo, confirmación o unción y, en particular, la Eucaristía. Por ello explicó que en las predicaciones serán seguidos de cerca el desarrollo de la misa en sus tres partes, ligurgia de la palabra, liturgia eucarística y comunión, para permanecer lo más posible anclados a la naturaleza sacramental y ritual de la misma, y se añadirá al final una reflexión sobre el culto eucarístico fuera de la Misa.

Jesús está realmente presente en este mundo
La Eucaristía, comenzó diciendo, es “presencia en la historia del acontecimiento que ha invertido para siempre los papeles entre vencedores y víctimas”. Esto porque, en la cruz, “Cristo hizo de la víctima el verdadero vencedor” y así, la Eucaristía “nos asegura que Jesús está con nosotros, no solo intencionalmente, sino realmente en este mundo nuestro, que parece escaparse de nuestras manos en cualquier momento”.

<Nos repite: «¡Ánimo! ¡Yo he vencido al mundo!» (Juan 16: 33)>

Figura, acontecimiento y sacramento
En la historia de la salvación la Eucaristía está presente en el Antiguo Testamento como figura; está presente en el Nuevo Testamento como acontecimiento y está presente en el tiempo de la Iglesia como sacramento. La figura – explicó el Padre Cantalamessa – anticipa y prepara el acontecimiento, el sacramento «prolonga» y actualiza el evento. Y acrecentó:

En el Antiguo Testamento, la Eucaristía está presente «en figura». Una de estas figuras era el maná, otra el sacrificio de Melquisedec, otra el sacrificio de Isaac. Con la venida de Cristo y su misterio de muerte y resurrección, la Eucaristía ya no está presente como figura, sino como acontecimiento, como realidad. Lo llamamos «acontecimiento» porque es algo que sucedió históricamente, un hecho único en el tiempo y en el espacio, sucedido solo una vez (semel) e irrepetible: Cristo «sólo una vez, en la plenitud de los tiempos, apareció para anular el pecado por medio del sacrificio de sí mismo» (Heb 9,26). Finalmente, en el tiempo de la Iglesia, la Eucaristía, está presente como sacramento, es decir, en el signo del pan y del vino, instituido por Cristo.

Re-presentar
Porque la Misa renueva el acontecimiento de la cruz celebrándolo (¡no reiterándolo!) y lo celebra renovándolo (¡no sólo recordándolo!), la palabra en la que hoy se logra el mayor consenso ecuménico es quizás el verbo representar, entendido en el sentido fuerte de re-presentar, es decir, “hacer presente de nuevo”, precisó el predicador de la Casa Pontificia.
Gracias a la Eucaristía nos convertimos en contemporáneos del acontecimiento.

Corpus Domini

La memoria se convierte en realidad y presencia
En la Misa las palabras y los episodios de la Biblia no sólo son narrados, sino revividos; la memoria se convierte en realidad y presencia. Lo que sucedió «en aquel tiempo», – reiteró el purpurado – sucede «en este momento», «hoy».

No sólo somos oyentes de la palabra, sino interlocutores y actores de la misma. Es a nosotros, allí presentes allí, a quienes se dirige la palabra; estamos llamados a ocupar el lugar de los personajes evocados.

Invertir tiempo y oración en la preparación de la homilía
Sucede que según el predicador de la Casa Pontificia “la liturgia de la Palabra es el mejor recurso que tenemos para hacer de cada vez, de la Misa, una celebración nueva y atractiva, evitando así el gran peligro de una repetición monótona que especialmente los jóvenes encuentran aburrida”. Pero señaló que para que esto suceda es necesario invertir “más tiempo y oración” en la preparación de la homilía.

Los fieles deberían ser capaces de comprender que la palabra de Dios toca las situaciones reales de la vida y es la única que tiene respuestas a las preguntas más serias de la existencia.

La cultura al servicio de la Palabra
Según el padre Cantalamessa, “hay dos maneras de preparar una homilía”: uno puede sentarse a la mesa y elegir el tema en base a las propias experiencias y conocimientos; luego, una vez que el texto esté preparado, ponerse de rodillas y pedir a Dios que infunda el Espíritu en las propias palabras. Es algo bueno, – corroboró – pero no es una forma profética.

Para ser proféticos deberíamos seguir el camino inverso: primero ponernos de rodillas y preguntarle a Dios cuál es la palabra que quiere hacer resonar para su pueblo. (…) Ahora ya no es la palabra de Dios la que está al servicio de tu cultura, sino tu cultura al servicio de la palabra de Dios.

La obra del Espíritu Santo
Porque “toda la atención prestada a la palabra de Dios por sí sola no es suficiente”, debe descender sobre ella “la acción del Espíritu Santo” que se ejerce a través de la unción espiritual presente en el que habla y en el oyente. Tal como asegura san Juan, “hemos recibido la unción del Santo” gracias al bautismo y la confirmación, y para algunos “a la ordenación sacerdotal o episcopal”. Pero esta unción, sin embargo, “es como un ungüento perfumado encerrado en un jarrón: permanece inerte y no libera ningún olor si no se rompe y no se abre el jarrón”, como sucedió con el jarrón de alabastro roto por la mujer del evangelio, cuyo aroma llenó toda la casa (…). Depende de nosotros – señaló – eliminar los obstáculos que impiden la irradiación.

No es difícil entender lo que significa para nosotros romper el jarrón de alabastro. La vasija es nuestra humanidad, nuestro yo, a veces nuestro árido intelectualismo. Romperlo significa ponerse en un estado de entrega a Dios y de resistencia al mundo. (…) Por lo tanto, pidamos la unción antes de que nos estemos preparando para una predicación o acción importante al servicio del Reino.

Cardenal Raniero Cantalamessa OFMC en una foto de archivo

Unge mi corazón y mi mente
“¿Por qué no decir alguna vez (o al menos pensar dentro de sí): «¿Unge mi corazón y mi mente, Dios Todopoderoso, ¿para que pueda proclamar tu palabra con la dulzura y el poder del Espíritu»?” planteó el cardenal Cantalamessa, que también hizo presente la necesidad de la “unción” no sólo “para que los predicadores proclamen eficazmente la palabra, sino también para que los oyentes la acojan”. De hecho, dice el evangelista Juan:

«Habéis recibido la unción del Santo, y todos tenéis conocimiento… La unción que habéis recibido de él permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os instruya» (1 Jn 2,20.27).

El Maestro y su inspiración nos unge y nos instruye
Por eso, aunque “no es que toda instrucción exterior sea inútil” Cantalamessa finalizó haciendo bien presente que, tal como dice san Agustín, “Es el maestro interior quien verdaderamente instruye, es Cristo y su inspiración los que instruyen”.

Cuando falta su inspiración y su unción, las palabras externas solo provocan un alboroto inútil.

Esperamos – concluyó – que aún hoy Cristo nos haya instruido con su inspiración interior y mis palabras no hayan sido «un ruido inútil».

Los próximos sermones de Cuaresma tendrán lugar los viernes 18 y 25 de marzo y 1 y 8 de abril de 2022.

VATICAN NEWS

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